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viernes, 31 de julio de 2020

Que la fuerza te acompañe

Microrelato.

Nueve de la mañana de un viernes. El cielo azul profundo y despejado anuncia un grandioso día de verano. El último del mes de julio.
Ël, negro como el tizón, sonrisa socarrona, cuerpo salsero y la gracia reflejada en la manera de llevar su gorra la ve salir de la tasca.

Ella, sonriente y enérgica parece que se dispone a comenzar su fin de semana o quien sabe si sus vacaciones por la despedida del camarero desde la barra, cuando él la espeta: - Y que la fuerza te acompañe, guapa.

jueves, 28 de mayo de 2020

Duende

Dedicado a una conversación telefónica en confinamiento. Las amistades, por suerte, no quedan confinadas.

Dicen que Ella siempre supo qué quería ser o quizá no. De niña soñaba a lo grande: aventurera, piloto de avión, astronauta o incluso pitonisa. En su adolescencia desarrolló una fijación con la carrera diplomática y de hecho sus huesos dieron con la facultad de derecho como escenario previo a hacer realidad sus sueños. 

Y dicen que a partir de ahí en su línea de la vida algo se torció o puede que se diluyese tenuemente hasta que su sueño se volvió invisible.

Lo sepultó la necesidad de aceptar cualquier trabajo que se le ofreciese, los cambios de cuidad, de domicilio, los contratos precarios, los tiempos en paro y la búsqueda de un salvavidas en forma de formación académica nueva a la par que innecesaria. Lo acorraló la cotidianidad a golpe de necesidades, el miedo, la precaución y esa falta de autoestima. Lo mató el todo y la nada, una juventud que pasaba entre inconsciente y cegada por un efímero presente que se volatilizaba entre las casillas del deber y el querer.

Cuentan las malas lenguas que nada saben que luego llegó el amor y filtro de olvido. Nada saben porque fue el de verdad, el que esas lenguas envidian, el bueno que sanó heridas y fue reparador. El que supo no solo mirarla sino verla, que creía en ella y  que era tan sencillo y normal como real. De ese amor creció un proyecto de viaje, de vida, niños y nació como madre. Todo cambió. Todo se revolvió y de golpe, sí de golpe, un nuevo caos y una nueva forma de vida.

Recaló en una ciudad antigua, medieval, gris piedra y bufanda color azul río y sombra verde arboleda. La urbe se coló en su presente que buscaba serenarse en su vida. Hosca, fría y ventosa esta ciudad, Ella sentía que no acababa de ligar con su nuevo hogar. Por de pronto la mesetaria población cerró su círculo maternal y colocó cada cosa en su lugar sin que ella fuera consciente de esos movimientos estratégicos del universo.

En ello estaba, inmersa en esa maternidad completa y absorbente cuando hete aquí que un duende se coló en su alma. Un remolino diminuto que parecía brisa y era torbellino o como torbellino disfrazado de brisa, según la necesidad.

Nadie lo ha visto jamás por supuesto aunque siempre se habló de él desde tiempos muy antiguos. En nuestro lenguaje y en nuestro imaginario se encuentra incluido, no en vano existe la expresión, "tiene duende"en el sur. Ya hace ya siglos que saben de su existencia pero el norte más frío y seco se ríe de esas leyendas. Ella, por supuesto, tampoco acabó nunca en creer en él.

Aun así llegó un momento en que se hizo evidente que algo había cambiado. Algo hizo ese remolino invisible que su día a día había dado un vuelco y que sus ojos ya no miraban nada igual, sus oídos ya no oían lo que los demás. Sus manos primero y más tarde su boca quisieron empezar a contar. 

Una noche, a la hora bruja de dormir, arremolinados en el abrazo de Morfeo le pidieron un cuento inventado. ¿Un cueno?, pensó, ¡imposible!. El ser invisible sopló desde su diminuto espacio y de su boca surgió un cuento. Y a la noche siguiente otro. Y otro. Así fue y así hizo. 

Dicen que comenzó a escribir y escribir. Todo lo que fue capaz, todo lo que pasó por su mente. Decidió fotografiar. Y por su esto fuera poco se atrevió a salir a la calle y contar y contar. Frecuentó narradores y librerías y participó de la vida literaria de la ciudad. Un universo de palabras que se enredaban para formar  de manera ordenada y sofisticada o ancestral historias fascinantes que tras contarse se convertían en eco en plazas y calles. Sortilegio que nos hace sentirnos acompañados y que lo invisible se vuelva visible, que al silenciado se le restituya lo robado.

El duende llegó quien sabe cuándo exactamente y quién sabe cómo. De algún modo encontró el resquicio para colarse en su alma algo perdida y difusa convirtiéndola en su hogar y comenzó paciente su labor.

Ella se cree la misma de siempre aunque en verdad desde ese año que marcó aquella última mudanza, el duende comenzó a tejer nuevos deseos que se convirtieron en dueños del corazón de aquella mujer.




viernes, 1 de mayo de 2020

Ira y el mar

A todas esas mujeres fuertes y libres que se aman y viven su vida.

A Luna que lleva la estirpe en la sangre.


Ira siempre ha estado ligada al salitre, la arena y el mar. Desde el principio, apurando su presente y probablemente para siempre.

Nació en un pueblo costero de calles empinadas y casas bajas y coloridas, impregnado de olor a salitre y puerto. Creció en él mecida y acompañada por las olas que rompían una y otra vez sin descanso. Mientras, cada lugareño se enfrascaba en su quehacer habitual. Pescadores que iban y venían, mujeres en el mercado o cosiendo redes, niños bulliciosos recorriendo las calles hacia la pequeña escuela o revoloteando en las tardes de juego.

La influencia que ejercía ese lugar en concreto, “su playa” como enseguida comenzó a llamarla, apropiándose completamente de ella, fue notable para todo el mundo a su alrededor. Allí dio sus primeros pasos y resonaron sus risas de chiquilla. Allí el océano vigiló sus juegos y apoyó sus primeros sueños.

Ira niña, corría, jugaba, creaba, nadaba, soñaba, descalza en ella. La playa era Ira-libre, la risa de la cría quedaba flotando en el aire horas después de que ella buscara descanso en su hogar, enredada en la brisa de la costa. Escapaba dejándose llevar.

- El mar me habla, el mar me cuida - repetía cuando le preguntaban que encontraba de especial allí. Conforme fue creciendo aquel lugar de juegos se convirtió en algo mas íntimo. Refugio para su soledad, meditación para sus dudas, consuelo para sus lágrimas. Testigos fueron las conchas y la espuma de su primer beso, de su primer amor, de su primer desamor.

Ira-niña creció. Se convirtió en mujer y todo el pueblo seguía viendo las horas que pasaba en su lugar favorito. Su casa a lo largo de los años se llenó de objetos que el mar depositaba a sus pies y le iba regalando.

El océano la llamó aun más en esa dualidad masculina y femenina intrínseca en su nombre. El mar, la mar. Era un todo. Inmenso y fuerte, atrayente y traicionero. Feroz y manso. Envolvente y cautivador en su murmullo. Fiel amante.

La vida siguió su curso natural, etapa a etapa. Ella se convirtió en una artista artesana totalmente influenciada por su experiencia vital. Rodeada siempre de ese halo acuático.

La noche que Ira nació como madre las olas batían furiosas contra las rocas del acantilado en medio de un temporal. Parecían conscientes del vaivén de las contracciones de la mujer, de su respiración, de sus quejidos y sus gestos. El mar en puro movimiento, como si estuviera alerta, esperando para ver la nueva vida que se abría camino en el cuerpo de su pequeña sirena de tierra.

Ira nunca se sintió tan visceral como libre, tan consciente del momento, del dolor, del presente, fuera del espacio y el tiempo, oyendo casi sin saberlo, el rugir del viento y del mar. De algún modo se sintió transportada a recuerdos del pasado entre rompientes.


Pocos días después como si de un ritual de presentación se tratara la mujer bajó a presentar a su bebé. - Este lugar, nuestro, tuyo conmigo y para siempre, aun cuando yo ya no esté. Le susurró. Una ola rompió a sus pies y la mujer sintió que era la bienvenida a ese “cachorro” que presentaba.

De nuevo, igual, años después cuantas veces devino de nuevo madre. Fiel a su frase Ira alimentó, cantó, meció, durmió y crió perpetuando en la sangre de su sangre su amor por la arena, el salitre y el mar que siempre habían anidado en su piel como parte de ella misma. Nunca le faltó tribu que la sostuviera, acogida por su pequeño pueblo pesquero, arropada y protegida por su especial relación con la playa.

Con ella nació y se extendió toda una estirpe de mujeres ligadas a la feminidad, la maternidad y la mar. Artesanas y acompañantes de otras generaciones.

El pueblo las supo diferentes, adoradoras en tierra de lo oceánico. La estirpe de Ira se multiplicó en varias generaciones femeninas, a las que Ira enseñaba los secretos que el mar le dictaba. Aprendieron a conversar con él, a entender sus razones, a escuchar las señales tal y como la matriarca había hecho desde niña.

Ira enfrascada en sus manos y sus olas apenas se percataba del paso de los años.

Su pelo clareó volviéndose blanco como la espuma. Su tez se arrugó, su mirada se cargó de sabiduría mientras las mujeres-agua se extendían, niñas, jóvenes, maduras.

Una tarde templada de otoño, el mar la llamó más fuerte que otras veces, imperioso. Ira se acercó a la playa despacio y se recostó mirando el atardecer. El sol se escondía en el horizonte, sumergiéndose en el mar y ella de pronto deseó alcanzarlo y sumergirse con él. Alzó lentamente su mano, señalándolo y cerró los ojos. De sus labios salió su último suspiro que se enredó en la brisa de la tarde que lo transportó hasta ese sol ya escondido en su mar.

Ira-libre, Ira-sirena.

Siempre.

domingo, 28 de enero de 2018

Cuando

Cuando la vida es canción, su ritmo  va y viene como las olas en las mareas a veces vivas, a veces muertas.

Es "tempo", movimiento, andante, allegro, adagio...

Es nota, blanca, negra, fusa, semifusa, silencio.

Y es composición. Al despedirse réquiem.

Cuando la vida es papel y pluma, es papel en blanco, es rima, soneto, oda o elegía. Es panfleto, ensayo, cuento, relato y biografía.

Cuando la vida es filosofía, es pregunta, es duda, es afirmación, negación, contradicción, búsqueda.

Cuando la vida es color abarca el arco iris, el blanco fusión y el negro como ausencia.  Es impresionismo, cubismo, universo onírico y surrealista. Interpretación de la vida en la propia vida.

La vida es arte.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Olvidadas en Navidad - Concurso de cuentos de Navidad Zendalibros.com

Rasgó la hoja del calendario que marcaba el 23 de diciembre y se quedó mirando la ineludible fecha que tenía ante sus ojos: 24 de diciembre. Nochebuena. Le había costado arrancarla pero ahora, ya preparada para salir y con las llaves en la mano, era el momento.

Cada año celebraba estas fechas con su familia. Regresaba a su ciudad natal, a su barrio de toda la vida y se reunía con sus padres, hermanos, algún cuñado saleroso y hasta con la tía Leonor, que por más que refunfuñara amenazando con no salir de su casa, acababa emocionada al ver a su extensa familia reunida. Tras los postres no había quien la igualara cantando villancicos hasta que bajaba a la misa de gallo en la parroquia más cercana, misa que no perdonaba.

A pesar de las inclemencias típicas y tópicas del tiempo de la vetusta ciudad castellana, dentro de la casa familiar todo era calidez, jolgorio y amor de las matriarcas de la familia repartido a los cuatro vientos sin medida alguna.

Le gustaba volver: bajar del autobús en la estación, abrigarse hasta las cejas con la bufanda más larga y gorda de todo su armario, hasta casi desaparecer dentro de ella. Paseaba por la plaza de la catedral y el Espolón sorteando a la gente enfrascada en compras entre luces y adornos navideños; acompañaba a sus sobrinos a montarse en el tiovivo de la Plaza Mayor después de ver el magnífico belén de la catedral. Quedaba con las amigas para ponerse al día de lo acaecido hasta la fecha. Año tras año, cambiara lo que cambiara, lo intangible permanecía extrañamente ligado a los recuerdos que nacían ya desde su infancia.

Este año no volvería a casa por Navidad, como anunciaba un conocido turrón. Por teléfono había reñido con su madre y había disgustado a la tía Leonor, pero no se arrepentía ni por un segundo de la decisión tomada. De poco valieron los intentos de chantaje emocional de las mujeres, iba a hacer lo que tenía que hacer y para ello se quedaba en la capital.

Un mes antes su jefe reunió al personal y les contó cual iba a ser el programa específico para esas fechas con fondos de varias instituciones. Eligieron a cinco mujeres y le pasaron sus expedientes: situaciones familiares diferentes, nacionalidades distintas, entornos sociales variados y un denominador común: escapar de los malos tratos. Escondidas. Anita se ofreció voluntaria.

Sabía lo que le esperaba esa noche y sentía que fuera del entorno laboral o cercano de aquellas mujeres, la mayoría de la sociedad vivía ajena a su día a día. Eran unas olvidadas y ella necesitaba convencerlas de que contaban, de que importaban, de que eran el motor de alguien.

Quedaron en aquel piso de acogida únicamente para pasar la Nochebuena cuando apenas se conocían entre ellas. Solo querían pasar el trámite, no tenían motivo alguno de celebración lejos de sus familias, de sus países, con el miedo a ser encontradas como único compañero. La mayoría con hijos a su cargo, niños pequeños que dependían de ellas mientras que ellas dependían de un futuro incierto.

Fue la primera en llegar. Se encontraba encendiendo varios calefactores eléctricos que caldearon la habitación cuando sonó el timbre.

Adela había escapado una mañana. No había mirado atrás. La duda, la culpa, los miedos habían sido un lastre tan pesado que no habían hecho más que alargar su sufrimiento. Se aferraba esa noche más que nunca a sus creencias religiosas, rezando.

Las huellas de Andrea no eran físicas pero aún le costaba no caer en el error de pensar que no valía nada. Estaba centrada en volver a armar ese puzzle roto en el que se ahogaba. Lo primero que susurró fue que hubiera preferido dormir hasta que esas fechas que todo el mundo celebraba hubieran pasado. Y el resto asintió.

Mariana y Ángela parecían autómatas. Sentadas comiendo frugalmente y pendientes del reloj para marcharse y preguntando si se podían llevar lo que sobrara.

En el rostro de María se apreciaban las huellas de la última paliza que había recibido. Hasta su propia familia miró para otro lado cuando les pidió ayuda. Lo que pasara dentro de su hogar, de su matrimonio, quedaba puertas adentro.

Apenas consiguió mantener una conversación en una cena fría Sus silencios eran largos, duros. Su mirada vacía. ¡Qué más daba una Nochebuena más! La Navidad era como cualquier otro día.

Intentó saber de sus vidas, iluminar la velada con la esperanza de un futuro nuevo que ninguna se creía. Les preguntó por costumbres, por sus hijos, por aquellos villancicos de ecos lejanos y ellas que habían rehuido su mirada y sus preguntas durante media noche comenzaron a hablar. Hablar como si jamás nadie las hubiera escuchado. Como si fuera una primera vez. Escupieron su pasado, recordaron sus raíces, compartieron dolor y penas y lloraron. La noche en la que se supone que celebras ellas lloraron juntas su desgracia. Después, una a una, dejaron el piso y cada una volvió a su “no vida” desapareciendo en la vorágine de una sociedad hedonista que pensaba en la siguiente celebración.

Anita había sido la primera en llegar y la última en salir. Cerró la puerta despacio. Bajó y ya de madrugada paró un taxi para regresar a su apartamento. Una vez allí, miró su propia sala de estar. Allí le esperaba una maleta, un billete de autobús comprado con antelación, unos días de vacaciones y la comida de Navidad con sus padres, hermanos, algún cuñado saleroso y hasta la tía Leonor, que por más que refunfuñara amenazando con no salir de su casa, acababa emocionada al ver a su extensa familia reunida.

Después de aquella Nochebuena apreció el tiempo y el amor que siempre se le había brindado  y después de aquella Navidad intentó devolver la esperanza cada día del año a aquellos que la habían perdido.

#cuentosdeNavidad

martes, 17 de junio de 2014

Cuatro Gatos

Para el taller Cuatro Gatos, para su equipo al completo, por haber hecho feliz a mi hijo mayor.







Erase una vez una gata negra que no conocía su nombre.


Erase una vez una artista enamorada y enredada en el Arte.


Erase una vez una vieja carbonera olvidada en un barrio antiguo, tan antiguo que dicen las crónicas de la ciudad que nació antes incluso que la propia ciudad y de una iglesia tan antigua como el propio barrio. Una carbonera con una atmósfera especial y unas vigas de maderas que delataban mucho pasado a sus espaldas.


Erase una vez tres historias que no sabían que se iban a entrelazar convirtiéndose en una sola.


La artista enamorada del arte llegó un buen día a esta fría ciudad, con una maleta llena de utensilios de pintura, la cabeza llena de ideas y bocetos y una pregunta: "Esta ciudad me ha llamado de algún modo, llegué aquí buscando algo y aún no sé qué es. ¿Qué me llama con tanta intensidad trayéndome hasta aquí?". Volvía a sus raíces.


Caminaba pensativa en las estrechas callejuelas junto a la Iglesia que los lugareños llamaban de San Pedro cuando atisbó cual una sombra fugaz un pequeño gato negro que se colaba por una ventana en la que había un cartel: "Te busco. Entra".


Curioso cartel pensó la artista. Tocó la puerta y dentro le informaron que aquella carbonera buscaba dueño. La artista abarcó el lugar de una sola mirada, vio un jardín coqueto lleno de posibilidades y la gatita tranquilamente tumbada en el cesped. Por la ventana, pasaba un niño con una caja llena de tizas de colores.


Entonces supo qué era lo que le había estado llamando en sueños durante los últimos meses. La pequeña y vieja carbonera, la gatita negra y una nueva ilusión.


Se quedó la carbonera y la gata negra. A la gata la llamó Pelusa y a la carbonera Cuatro Gatos en honor a un local barcelonés lleno de Historia, Arte y Letras (pero en mayúsculas además) y llenó el lugar de niños, de colores, de caballetes, de pinceles, de ideas y sueños, núcleo y base de pequeños artistas plenos de una creatividad que solo con una pequeña sugerencia estaban deseando sacar.

domingo, 13 de abril de 2014

Hija de la Luna (36 meses y 2 días)

Hace ya varios años atrás escribí dos pequeños cuentos que llamé "Dos pequeños pedazos de mi corazón". En ellos hablaba de mi experiencia maternal con la lactancia materna. En nuestro caso con la lactancia materna prolongada con mi hijo mayor.

Hoy quiero contaros otro pequeño cuento, en el que vuelco mis sentimientos con el fin de la lactancia materna de mi hijo pequeño, experiencia prolongada también.

Cuando te ves inmersa en lactancias largas, las etapas dentro de la misma evolucionan y estrechas un vínculo muy fuerte, lo que te lleva a tener sentimientos muy encontrados cuando esa etapa llega a su fin.

Espero que os guste.

Edito para escribir una dedicatoria: Quiero dedicar este cuento a Gemma, que navega en su propio destete y a Mar que navega en sus emociones para decidir. A ambas, os quiero mucho.


Primavera temprana, cae la noche, un día de abril.


Una mujer suspira en soledad junto a un riachuelo, buscando no sabe bien si desahogo o algún consuelo. Tiene cierta actitud preocupada.


Un árbol junto a ella, el viejo Sauce que la ha visto crecer, agita ramas mientras le pregunta: - Mujer, hija de la luna ¿qué te sucede?



La corriente de agua, notando los suspiros en su superficie, murmura a su paso: - Mujer, hija de la luna ¿Qué te sucede?


El viento fresco de la noche, enredándose en su pelo, le susurra: - Mujer, hija de la luna, ¿Qué te sucede?


Al observar que su desazón continúa, vuelven a hacerle insistentemente la misma pregunta: 


- ¿Qué sucede? Mujer, Hija de la Luna.


La mujer, bajito, sin apenas voz audible contesta:


- Durante treinta y seis meses he alimentado a mi hijo pequeño con las mieles de mi pecho pero hube de interrumpirlo por salud, puesto que enfermé y era necesario. 


El Viento, decide soplar algo más fuerte, más alto y aparta nubes.


En el horizonte, llena, luminosa, blanca y enorme, aparece la Luna. Ilumina a la mujer y le habla:


- Mujer, hija mía ¿por qué penas? 


La mujer vuelve a responder:


- Durante treinta y seis meses he alimentado a mi hijo pequeño con las mieles de mi pecho pero hube de interrumpirlo porque enfermé. Y terminó.


La luna, dulce, le replica: - ¿acaso alguien te culpa?


Y la madre, encoje suavemente los hombros y suspira. - Nadie salvo yo misma. Mis pechos gritan, Mi regazo, mis manos... mi cabeza rebosa de pensamientos y mi corazón de sentimientos contradictorios.


El astro nocturno, con voz maternal y condescendiente y aún más luminosa comienza a hablar.


- Durante tiempo te vi alimentarle, dice la luna, de leche y amor eterno, pero la Vida nos da y la Vida nos quita. No siempre sucede lo que deseamos cuando queremos o nos conviene. La Vida Es, por sí misma, con sus baches, sus piedras en el camino, sus alegrías, sus sorpresas.


Llora todas tus lágrimas, hija mía. No niegues tu pérdida, ni tu duelo por la etapa que cerraste. Despídela. Sin culpas, sin remordimientos. Después convierte esta tristeza de tus lágrimas en serenidad y fuerza. Tu regazo, tus brazos, tu contacto sigue y persiste. Vuestro vínculo queda cerrado en círculo, aposentado. Confirmado.


Seca tus lágrimas, hija mía, hija de la Luna y mira crecer a tu hermoso hijo, orgullosa de tu poder, Mujer.

martes, 22 de octubre de 2013

Pablo


En su ciudad, centro vital de la región, ciertos colegios exhibían una especial querencia por educar a las élites provincianas que luego se situarían en diferentes puestos y lugares desde los que manejar las políticas, economías y saberes de la capital y alrededores.

En uno de ellos intentaba no llamar demasiado la atención de Don Ramiro, amigo de la letra por la sangre entra, Pablo, un niño con la cabeza rapada a maquinilla y las rodillas peladas de jugar al fútbol en el patio escolar.

Sus padres le habían diseñado todo un futuro lleno de promesas y proyectos al lado del patriarca familiar primero y en su sucesión después. Una carrera brillante a golpe de curar viejas frustraciones con la que adornar aún más el abolengo de toda la vida de la familia.

Contra todo pronóstico y tras provocar un vahído a su madre, decidió estudiar magisterio, estudios evidentemente de segunda y para demostrarlo sin la menor duda ya se decía en la calle el dicho "pasas más hambre que un maestro de escuela".

Tras el inicial espanto, intentar conseguir que se borrara y finalmente simular que así era, decidieron que "el niño" hiciera lo que quisiera, con la coletilla de "ya se cansará por el camino" con la férrea esperanza de que "a lo largo de ese camino" se daría cuenta de su error y aceptaría los consejos paternos.

Sin embargo Pablo no se cansó sino que se enamoró de aquello que estudiaba, convirtiéndolo ya no en vocación sino casi en devoción: El magisterio, la enseñanza, la educación, formar parte del proceso de maduración y de adquisición de conocimientos de generaciones venideras. El mismo Don Ramiro que le tiraba de las orejas de manera disciplinar y frecuente, sin quererlo, le había enseñado algo importante: a perseverar. Contra todo pronóstico y profecías familiares, acabó la carrera con honores que no convencieron en casa porque seguían sabiendo a segunda división.

Pablo fue alumno de una escuela caduca, repetitiva y disciplinaria, de pizarras y borrones de tinta, de pupitres compartidos con admirables compañeros de travesuras y de maestros secos y fríos. Una escuela ataviada con el barniz de modernidad, a la que no quiso volver prestando servicio. Un colegio que mantenía un halo de prestigio en el ambiente de la ciudad, ese ambiente invisible, inamovible con los años y que queda como adjetivo en lo referente a servicios de la población.

Pablo arrinconó sus experiencias y modelos escolares y los guardó con el solemne juramento apasionado y juvenil de no repetirlos. Miraba a sus alumnos de frente, a los ojos. Siempre con una sonrisa. Tenía tiempo para preguntarles y escucharles. Se ganaba siempre a pulso el respeto de la clase poniéndoles en bandeja el ansia por el saber, ofreciéndola como un juego, como un reto.

Los sacaba de las aulas, les sacudía las perezas, les mostraba con pasión contagiosa los desafíos del mundo y la magia que reside perenne en la lectura. El ánimo que acompañaba su dinámica diaria era lograr que la curiosidad y la lectura formaran parte de sus almas estudiantiles. Les ponía la vida entre las manos y les hacía pensar, ser ellos mismos.

Respetaba y pedía respeto, se ganaba a pulso la autoridad que le era debida como maestro. Trabajaba con una pasión que trasmitía de tal modo que raro era el crío que no se rendía ante sus explicaciones y palabras. Era exigente pero transmitía optimismo y seguridad.

Pablo a sus cincuenta pasados, sigue siendo así, por muchos años académicos que pasen, por muchos obstáculos con los que se encuentre, con barreras de quien no le entiende, leyes que van y vienen o recortes por la crisis.

Pablo sigue manteniendo su sonrisa para cada chaval que llega a su aula y con la misma sonrisa le despide cuando acaba su tiempo con ellos deseándole lo mejor. No está cansado, ni amargado, ni deprimido. Sigue amando la enseñanza pero hace ya un tiempo (y quien sabe si empieza a ser ya la cosa de la edad) tras marcharse el último de los chicos por la puerta, borra esa sonrisa de la cara que antes permanecía, preocupado por sus niños.

Teme que les apaguen esa ilusión cortando las alas de sus sueños. A Pablo le entristece ver que en poco o casi nada se ha cambiado tanto tiempo después.

jueves, 10 de octubre de 2013

Eva

Dedicado a Edu. 

Edu, por fin he puesto palabras a tus dibujos. Me ha parecido un gran reto, espero que te guste el resultado. 

Yo te pedí unos dibujos, que me dibujaras lo que tú quisieras y solo con ellos, solo viendo lo que me enviaras, tenía que conseguir hilvanar una historia. Aquí la tienes. 

Sé siempre tú mismo. Sigue persiguiendo tus sueños.

Gracias.


Ilustraciones: Eduardo Gallardo (Edu). 11 años





Mi nombre es Eva. Tengo 12 años y mi pasión siempre ha sido la música. Me gusta todo lo que se refiere a ella. También toco la guitarra.


Dicen que mi don se aloja aquí en mi garganta. Es mi voz. Quieren que enseñe mi don a todo el mundo y yo no lo tengo tan claro. Mi voz es mía, no sé si se la quiero enseñar a los demás. A veces pienso que prefiero guardar mi mayor tesoro para mí y para la gente que quiero.

También me gusta la moda, diseñar mi ropa. Y los videojuegos. Supongo que soy una chica normal, como cualquier otra de mi barrio, de mi ciudad.


Una vez lo intenté, cantar quiero decir, y mi voz se quedó escondida dentro de mi garganta. No quiso salir. ¿No es una señal? 

Mis labios no se despegaron desde el mismo momento que salí a cantar. Solo podía mirar a la gente y la expresión de sus caras al ver que yo no comenzaba la canción a pesar de la música.

Insisten en que puedo ser una gran artista pero no me preguntan si 
yo quiero serlo. Si realmente ser artista es mi propio sueño. Quisiera que me tuvieran en cuenta, que me vieran, de verdad, porque si me vieran de verdad, me escucharían y me dejarían tranquila. A mí y a mi don. 

Al menos hasta que tenga claro lo que quiero hacer con él.




Hace poco me pasó algo extraño. Sucedió durante mis vacaciones de verano en la playa.


Voy a soltarlo de golpe: Me habló el viento.

Sí, lo que oís, me habló el viento y no, no estoy loca de remate. Yo lo escuché, sé que lo oí y que era la brisa de aquella tarde la que me hablaba.

Me había sentado a leer una tarde cerca de unas rocas que hay en mi playa favorita, donde veraneo cada año. Era una tarde preciosa, con el cielo muy azul.

De pronto empecé a notar una ligera brisa que jugaba con mi melena. No le dí importancia hasta que tuve la sensación de que el viento tiraba suavemente de mi pelo como si quisiera captar mi atención.

La voz estaba justo junto a mi oído y era muy suave casi cantarina, no sé, me recordaba a la voz con la que yo imaginaba a las hadas cuando era niña y mi abuela me leía cuentos sobre seres mágicos.

Me regaló una idea y me gustó. Me susurró que dejara que hablara mi guitarra por mí, que dejara madurar mi voz para cuando estuvieramos preparadas ambas.


Así que le he hecho caso. Voy a dejar hablar a mi guitarra por mí. Bueno, más que por mí, hablaremos juntas porque pienso tocarla yo. 

No es una guitarra normal. En sus acordes si escucháis con atención podéis sentir la magia que la acompaña. Cerrad los ojos al oirla.

Mi guitarra tiene distintos sonidos. Sonidos que nadie antes había reproducido. Mi guitarra suena a mar, a estrellas, a luna y a cielo. Mi guitarra evoca sueños y recuerdos. Habla de colores, de sentimientos y de sensaciones. A su manera, como yo, porque mi guitarra y yo, no sé si somos distintas, pero sí únicas, como cada niño y adolescente del mundo.

¿Sabeis por qué cada uno es único? porque no existe en el mundo nadie exactamente igual, porque cada uno es irrepetible y porque cada uno tiene un don, o dos, o tres... o los que sea.

Todo, absolutamente todo en  nosotros nos hace especiales y es bonito y necesario que lo seamos. Necesario porque si no el mundo sería un aburrimiento ¿no creéis?





martes, 28 de mayo de 2013

[Relato LibrosVeo] - Carta desesperada

"Querido":

Te muestras esquivo. No sé por qué, no lo entiendo. Cada año vienes a buscarme por las mismas fechas y me devuelves la alegría perdida durante tu ausencia. Esta vez solo te intuyo pero no te veo.

Te busco, te siento. Sé que estás ahí en algún lugar.Te haces de rogar y no me parece justo. Me haces sufrir.

Pego mi nariz en la ventana, buscándote, día tras día. Me duele tu ausencia, me pesa. Las gotas resbalan en el cristal mañana tras mañana, tarde tras tarde. Cristal que se convierte en testigo mudo de mi hastío mientras pienso de forma repetitiva e inconsciente que hoy es el gran día, el de tu vuelta a mi lado.

Te extraño tanto. El invierno cruel, gélido, ha sido largo y tú, tú no te has ido de mi pensamiento ni un solo momento. Anhelaba tu vuelta. La sigo anhelando. Dicen que el tiempo pasa demasiado deprisa y sin embargo a mí esta vez me parece irónicamente lento.

Mi piel te llama a gritos, mi cuerpo te busca. Mi cabeza se vuelve loca de recuerdos pasados, de otros tiempos y otros momentos. ¿A qué esperas para volver a junto a mí? Empiezo a pensar que me ninguneas, que me has olvidado y desespero con tu ausencia. Soy consciente de que siempre hemos sido amantes por temporadas pero jamás faltaste a tu cita.

Te invoco desesperada.

¿Dónde estás astro rey? ¿Dónde ha quedado tu calor zalamero? enredado en las hojas de mi calendario, entre mayo y junio no te encuentro ¿Te has quedado atrapado? ¿Quien te ha secuestrado para su propio placer?

¡Maldito verano, cuanto estás tardando en llegar!

miércoles, 3 de abril de 2013

El vendedor de memorias

Hace muchos años, siglos atrás, vivía en el Tibet, donde dicen que las montañas tocan el cielo rozando la mano de los dioses y la luna luce más grande y bella, un hombre bastante peculiar. En realidad y para ser del todo exactos, al mirarlo, uno no encontraba nada especial en él. Era alto y delgado como un junco. Sus ojos pequeños, parecían esconderse dentro de su cara, su nariz era aguileña y no despertaba grandes simpatías. Sin embargo, desde su juventud, este hombre huraño cargaba con un don especial. Muy especial.


Al nacer, le llamaron Karma, que significa condicionamiento o causalidad. Su madre le puso ese nombre porque su llegada coincidió con la desaparición de su hermano mayor en la montaña. Sus padres leyeron las señales de la ley causa - efecto. Habían perdido un hijo y la ley del universo les otorgaba otro. Aquella mujer que tanto le amaba, nunca se atrevió a expresar nada en voz alta, por temor a llamar a la fatalidad, pero dadas las circunstancias de su nacimiento, siempre pensó que era una niño destinado a la desgracia. No sabía por qué, era una simple intuición que llegó prácticamente a olvidar con los años puesto que el niño crecía sano y fuerte y ningún mal agüero planeó sobre la familia ni se hizo realidad. Se crió en el hogar de una familia humilde de sherpas a los pies de las Grandes Montañas. Pasaba los días en los alrededores de un monasterio, jugando con otros niños, siempre cerca de sus muros, escuchando los sonidos que le ofrecía, diferentes y espirituales, magnificados por el eco del valle. La vida de la familia era sencilla y transcurría sin grandes logros ni incidentes. De él se esperaba una única cosa, que al hacerse mayor se incorporara como su padre y sus hermanos mayores al oficio de guía en los pasos de las montañas. Jamás le faltó ni el amor ni el cariño de padres y hermanos. Lo que siempre quedó claro fue que al ser el pequeño de la casa fue el más mimado.


Toda su vida giró de manera imprevista una mañana, siendo ya un joven casado con familia propia. Del monasterio bajó uno de los monjes que allí habitaba y sin mediar palabra, le ofreció una caja de madera de álamo pintada de vivos colores salvo en su tapa, que estaba finamente labrada. Junto a la caja únicamente recibió una nota que decía: - "Abandonarás tu hogar y venderás memorias".


Aquella noche, furtivo entre las sombras y movido por un resorte desconocido del que no podía escapar, Karma se escabulló entre las sombras del poblado y desapareció. Jamás volvieron a saber de él. Al poco tiempo de su desaparición en la región se comenzó a hablar de un hombre misterioso que vendía pasados y recuerdos al gusto de quien los comprara. Surgía de su caja de madera. Nadie había podido verle la cara porque la cubría con su vestimenta constantemente y la única manera de encontrártelo era hacerle llegar un mensaje con una petición para que apareciera. Se dejaba un pequeño banderín de color en la ventana de casa e invariablemente como por arte de magia al día siguiente unos toques sonaban en la puerta.


Era muy tentador llamarle. Demasiado tentador si uno quería borrar parte de su existencia y comenzar de nuevo. El comerciante podía alardear de una gran estirpe de mercaderes prestigiosos y el ladrón lavar su conciencia de delitos anteriores. Cualquier mala racha, cualquier paso en falso podía borrarse, siempre y cuando se consintiera en un cambio global y en el olvido. Lo que nadie sabía, absolutamente nadie, salvo el dueño de la caja, era que cuando alguien se quedaba un pasado, una memoria nueva, alguien en otro lugar olvidaba todos y cada uno de los recuerdos que tenía de su vida pasada, justo en ese instante. En el momento exacto que Karma abría su caja de madera para destapar el o los recuerdos que le han pedido "esa memoria" cambiaba de dueño. Ese era el precio.


Las nuevas memorias, surgían en forma de pergaminos que iba leyendo el comprador. Al acabar su lectura se debían quemar en el fuego del hogar, la misma noche de la lectura y rezar una oración. Y jamás jamás se debía hablar de lo sucedido. A la mañana siguiente todo el mundo asumía el nuevo pasado como el único válido.


Una tarde de verano, recibió un recado urgente. Le reclamaba uno de los hombres más poderosos del Tibet. Fue recibido con urgencia en un enorme salón, el más lujoso que había visto jamás. El Gran Señor expuso su petición de manera arrogante y concisa, exigente. Con un gesto y para finalizar sus criados le trajeron varios baúles llenos de monedas, sedas y otras joyas. Quizás aquella visión de lo que se llevaría hizo que Karma se pusiera nervioso, quizás fue una jugada del destino, quizás... Al intentar abrir la caja para sacar el pergamino correspondiente, se deslizó de entre sus manos, cayendo para romperse. La cara de Karma palideció y él enmudeció en un gesto entre asustado e implorante.

Sin saber cómo solucionarlo, desesperado, decidió impulsivamente escribir sus propios recuerdos en los trozos de madera que iba recogiendo del suelo. No se lo pensó ni un instante, Sé deshizo de sus recuerdos como quien lanza algo ligero al viento para que alce el vuelo y se aleje. Sin darse apenas cuenta, junto a distintos momentos de su vida, había mencionado a sus padres, como parte del ciclo de su memoria. Sin pensarlo ni tan siquiera, una simple explicación de más, insignificante entre las filas de palabras escritas a toda prisa con trazo inseguro. No le dió ninguna importancia. Ninguna.


Los trozos de madera escritos se quemaron aquella noche en el fuego del hogar de quien los había comprado. El rico Gran Señor había conseguido su deseo de un pasado nuevo, quizás no el que esperaba pero un pasado diferente al fin y al cabo que quizás desearía volver a cambiar sin éxito y a cambio, a la mañana siguiente, Karma no consiguió recordar el suyo. Su avaricia lo había pagado dejándolo sin recuerdos.

En otro lugar del Tibet, un mensajero intenta encontrarle para darle una única y nefasta noticia: Sus padres, habían dejado de pertenecer a este mundo. Iniciaron su último viaje de manera inesperada la noche anterior. De pronto, en una noche más oscura de lo normal, extrañamente oscura, mientras dormían.

Roto el hilo con sus mayores y su pasado, tras haber vendido su propia vida, Karma acabó envuelto en un halo de locura, buscando desesperadamente encontrar algún recuerdo pasado en su mente vacía. Nunca más se supo de él. Nunca más se supo del vendedor de memorias. Jamás se le volvió a ver en ningún rincón del Tibet. Se esfumó. Hay quien dice que vaga errante como un fantasma, aquí y allá, en las noches sin luna buscando sin saber qué. Desde entonces, aquel hombre misterioso se convirtió en leyenda y su historia se ha narrado siempre como una maldición.

martes, 2 de abril de 2013

El cuadro

- Este será mi último cuadro Carolina.

Al oírle decir eso, un escalofrío me recorrió la espalda. Resultaba terriblemente agorero.

- Ya no me siguen las facultades.- Siguió diciendo, en bajo.

Abrí la boca para contestarle casi como en un acto reflejo de protesta... pero me quedé pensativa, esperando que prosiguiera  Él se quedó callado mirando al frente, al cuadro que tenía delante, con los brazos detrás, agarrándose las manos, en una postura que a mis hijos les gustaba imitar. Era tan suya.

Esa siguiente frase tampoco fue de mi agrado. Amaba pintar tanto como leer. Si dejaba de realizar una de sus dos pasiones, era un oscuro augurio de lo que estaba sucediendo. Ya no solo era mayor, sino que él se sentía mayor. 

Creo que de hecho se sentía en "tiempo de descuento", despidiendo a mucha gente que se le estaba yendo. Se sabía al final del camino y esa sensación de despedida se había instalado a su alrededor, en una especie de aura, con la que transmitía una tristeza indefinida que no me gustaba y que me empeñaba en no ver.

El cuadro que había elegido como despedida era precisamente para mí y era un cuadro muy especial para él. También lo era para mí puesto que ya había visto uno igual en las paredes de casa desde niña. Lo había pintado él hacía años, en tonos verdes y amarillos. Mi recuerdo infantil evoca un rostro, infantil también. Muy dulce. En realidad es la cara de La Piedad de Miguel Ángel, que se encuentra en el Vaticano.

He estado frente a la Piedad en tres ocasiones, fascinada por ese rostro las tres. Esa cara, ese perfil, esos rasgos. Una composición general desgarradora y un rostro infinitamente dulce, sereno y angelical.
Hace poco, se lo pedí, sentí la necesidad de tener conmigo un cuadro lleno de sus pinceladas, para mi cuarto. Lleno de sus pinceladas en concreto, hecho por esas manos grandes, ya viejas, que tanto habían vivido, que tantas veces me habían acariciado, abrazado y cuidado.

Fue casi una revelación darme cuenta de que ambos reverenciábamos la expresión de ese rostro, que a ambos nos llamaba, de una manera silenciosa. Un detalle más de todo lo que nos parecíamos, más allá de que fuéramos palo y astilla, sangre de sangre. Igual que ahora veía y comprobaba a diario con mi hijo mayor.

Mirando el boceto del cuadro quise decirle que no dejara de pintar, que no envejeciera, que luchara contra el tiempo y que siguiera siendo el mismo de siempre, el que mis ojos de niña seguían viendo a diario y se resistían a dejar de ver. 

Pero su tono de voz, me dejó con la frase en la boca, sin llegar a pronunciarla. Me limité a abrazarle y cambiar de conversación mientras pensaba que debía dejar de engañarme y dejarle hacer.


miércoles, 20 de marzo de 2013

De las manos - Segunda parte o epílogo de "de la mano"

El niño proseguía su viaje interior, inmerso en su bache personal, cuando se sumó a "la pareja" otra compañera y amiga de clase. 

A la mamá y a "la rubia peligrosa" se nos ha sumado una "morena guerrera".

Una morena observadora y silenciosa, con unos ojos oscuros y profundos, que están y estarán llenos de misterio siempre.

Empeñadas en su firme propósito de convencer al niño de que vuelva a estar alegre en el colegio, nada más verle frenan sus carreras en seco para avanzar al paso de su amigo. Se plantan junto a él, sin caer en el desánimo aunque gruña o se obceque en el silencio. Consiguen que la normalidad atrape al muchacho sin que sea consciente de ello y le atraen sutilmente a la rutina que está acostumbrado y que siempre ha sabido llevar.

Sus armas son nobles y no fallan:

Sonrisa infantil, inocente, divertida, solidaria.

Animo imperturbable.

"Cabezonería" en el acompañamiento, es decir, un gran sentido de la amistad y de la solidaridad.

A la madre, contenta, solo le queda observar como el trío, alegre, se incorpora a la fila, envueltos en una charla que no alcanza a escuchar. Piensa: Bien, chicas, bien.... bravo por vosotras.



Cinco años, caminan hacia los seis..... y me están dando una GRAN lección de vida. Y a una, cuando les observa, solo le queda pensar..... "todos a una, como Fuenteovejuna". Mi hijo tiene mucha suerte.


sábado, 16 de marzo de 2013

De la mano

Lo que a continuación voy a narrar de manera algo "novelada", sucedió ayer, viernes, en el patio del colegio, empezando el día.

Uno de los protagonistas, mi hijo.

Yo, de testigo.

La situación me resultó tan tierna, sincera y entrañable que no quiero dejar de contarla.

Pasando ya el ecuador del curso, prácticamente a punto de cerrar el segundo trimestre, él dejó de querer entrar solo al cole. Al llegar junto a la puerta principal de entrada su cara se angustiaba y reflejaba su sufrimiento, mientras expresaba de distintas maneras su desazón.

Esa desazón que continuaba en el propio patio, junto al pequeño muro que rodea parte del edificio de educación infantil y las escaleras, esperando a que saliera su profesora para acompañarle de la mano, animándole al mismo tiempo, cariñosa y suave, en esta racha de sentimientos encontrados y sensaciones de celos, abandonos y aburrimientos.

Aquella mañana seguía tercamente apalancado junto a las escaleras. Sin querer moverse, esperando la aparición de la maestra cuando frente a él se paró una compañera de clase. Una rubia sonriente y pizpireta, con una chispa de brillo en sus ojos alegres, le dijo - No prometes lo que cumples - Es decir, no estás cumpliendo lo que me prometiste. Y ese "prometiste" venía de días atrás, previamente pactado con un intercambio de dibujos para que el niño se animara en los que ella le recordaba que "el cole" es divertido y que no olvidara sonreir.

Ella intentó convencerle de que subieran juntos a la fila. Ante la negativa optó por quedarse fielmente a su lado, hablándole y sonriendole, esperando que cambiara de opinión. No obtuvo por respuesta más que un gruñido de enfado que no pareció importale demasiado.

Salió la tutora. A sabiendas de dónde le encontraría, sonrió confiada y comenzó a bajar las escaleras. Mientras, la niña, cogió suavemente de la mano al niño y le susurró: - venga, vamos juntos. Tiró de él a la par que su maestra llegaba a ellos y así subieron los tres las escaleras hasta la clase. Cada una de ellas le agarraba de la mano mientras le animaban y le hablaban. Y así él se dejó llevar, sin resistencia, sin lágrimas.

jueves, 14 de febrero de 2013

El último San Valentín

Para Javier y Maria Elena

Amor,

te observo desde una de las esquinas de la habitación, junto a la ventana. El sol choca contra las cortinas que he echado intentando que su luz no te estorbe ahora que duermes. Aquí es fácil perder la noción real del tiempo. Imagino que debe ser mediodía, aunque no estoy segura.

Hace un día tan hermoso, magnífico. Un "San Valentín" frío y luminoso, como tantos otros que hemos disfrutado y aprovechado juntos, sintiendo que nos quedaba toda una vida... desde que te vi por primera vez hace ya tantos años.

Es un día para los jóvenes, para esos novios que recién comienzan su andadura de pareja embelesados, enmarañados, entrelazados, agarrados de la mano sin querer soltarse. Nosotros también fuimos "esos novios". ¿Nos recuerdas?

Los médicos nos han confirmado que te vas, que es cuestión de horas, máximo días. No necesito de médicos ni de diagnósticos para confirmar lo que mis ojos, mis manos y mi corazón ya saben porque lo han visto día tras día estos últimos meses.

Te empezaste a ir con el otoño. A igual que los colores del verano, comenzaste a desvanecerte de manera sutil e imprecisa para todos salvo para mí. Con la nueva estación, llegaron los sustos, el ingreso, los informes, las palabras y comenzamos una carrera contra el tiempo, una lucha contra una enfermedad infame que tiraba de tí rabiosa y dominante.

Agarrándonos a la esperanza y la lucha firmemente, como si fuéramos náufragos en medio de una tormenta perfecta, arañamos nuestros últimos sueños, envueltos en el papel de regalo de las cosas simples y sencillas, unidos, por más que la adversidad se hubiera convertido en nuestra compañera de cama. Lo intentó pero no pudo interponerse entre nosotros porque nos quisimos con más fuerzas a sabiendas del enemigo al que nos enfrentábamos.

Aquí estamos, en nuestro último San Valentín, sin regalos ni celebraciones románticas, pero serenamente juntos y preparados en esta despedida, apurando los segundos del que será tu último viaje.

Y yo quisiera irme contigo, de la mano, como siempre caminamos en esta vida. Compañeros, amantes, esposos, siempre juntos amándonos. Cuatro hijos, cuatro nietos.

Yo recuerdo, recuerdo tantos días con sus noches... tantos susurros, tantos esfuerzos, tantos momentos. Tanta ternura, tantas risas, tantas lágrimas. Sé cuanto hemos vivido y compartido, cuánto hemos sufrido y disfrutado. Y no puedo pensar, no quiero pensar... porque pensar me duele, me provoca, me anuncia, el vacío que sentiré dentro de unos días, de unas horas.

Te mueves, me rescatas de mis pensamientos funestos. Esos ojos claros, grisáceos me sonríen, me miran enamorados, cansados... y me llaman. Quieren que me acerque. Y así hago, me acerco, te cojo de la mano y con ella me acaricio una mejilla, sentándome a tu lado. Y te digo tranquila, despacio, bajito: - Te amo. Te amo hoy, ahora y siempre.

Al oído, te canto.



miércoles, 19 de diciembre de 2012

Madre Tierra

A ML.
A la tribu (por contestarme).

Gracias por las pistas.

Miró al suelo. Bajo sus pies descalzos hierba y tierra.  Cerró los ojos y se dejó llevar. Lo conocía desde niña, era parte de su infancia, de sus recuerdos y de la magia de lo que representaban. Y escapaba, volvía a ese mismo lugar siempre que tenía ocasión. Era capaz de moverse por él incluso así, con los ojos cerrados. A pesar de mantener los ojos cerrados para retener la pureza del momento, de algún modo era plenamente consciente de los colores que le rodeaban, verde de la hierba, rojo de las amapolas que inundaban los campos aledaños, marrón de esa tierra fértil, los trigales tornándose amarillentos.

Había tardado un año en volver, demasiado tiempo. Sentía palpitar la cercanía del verano alrededor. El día era cálido, el sol comenzaba a calentar a pesar de ser primera hora de la mañana. Notó algo de aire, una ligera brisa mañanera que aliviaba a duras penas el calor que se presentía para mas tarde. Quizás a última hora de la tarde acabara cayendo una tormenta que aliviara los rigores del calor, anuncio prematuro de la estación que estaba por llegar.

No le pesó el madrugón para caminar, de hecho había llegado hasta allí caminando a buena marcha, sintiéndose ligera. Si pasaba demasiado tiempo sin volver, lo añoraba. Ahora, conectada a la Tierra, sentía que se recargaba. ¡Qué silencio!. Solo silencio y desde el silencio se fueron abriendo paso distintos sonidos: una abeja de camino a algún lugar, pájaros, el arroyo cercano. Se fue abriendo a esos sonidos, apenas imperceptibles  siempre perdidos, absorbidos en la vorágine de la capital y notó como su espíritu despertaba.

Respiró hondo y en su interior resonaron unas risas infantiles. Sonrió pensando - "Sus niños" -. Eran sus niños. Se despediría de ellos en un par de semanas. Les observaría marcharse junto a sus padres, contentos, revoltosos, excitados ante la perspectiva de unas vacaciones tan largas y jugosas como las de verano. Dispuestos a exprimirlas como algo tan natural como la vida misma.

En plena estación de la cosecha ella sentía que recogía sus frutos en la despedida de cada pequeño, de cada familia y les dejaba ir a sabiendas de que había tenido la oportunidad de hacer aquello que todavía despertaba todos sus sentidos.

Si pudiera traerlos aquí algún día. Les descalzaría e intentaría que sintieran la fuerza de la tierra, de la Madre Tierra. Una excursión, una clase de experimentación al aire libre, fuera de las aulas.

Conociendo la infancia, lo más probable es que de poder realizar la experiencia solo habría que dejarlos hacer... casi sin  guía... porque ellos estaban mucho más conectados instintivamente a la Naturaleza que los adultos. De ahí esa atracción por ella, esa capacidad para disfrutarla, para curiosear en ella, para ver en una piedra, en una hoja, en un palo, objetos maravillosos, dignos de estudio y de diversión inagotable.

- "Y sin embargo, nos alejamos de todos estos espacios, los encorsetamos, los, modificamos, los enlatamos. Le hemos dado la espalda totalmente a la madre tierra, a la diosa naturaleza" - pensó.

Fue olvidando los nervios, las prisas, los ruidos urbanos, las manecillas del reloj que se rebelaban a diario en su contra, haciéndole correr para poder apurar los días. Al igual que las raíces de los árboles que le rodeaban, se fue recargando de savia nueva. El agotamiento que había sentido durante las últimas semanas fue desvaneciéndose ante aquellas risas imaginarias, a través del agua que corría por el arroyo... a la par que sentía que surgían ideas y nuevos proyectos.

La Madre Tierra la recogía, abrazándola, después de todo aquel esfuerzo. La sostenía y la revitalizaba. Así el ciclo volvería a empezar un otoño más, llena de energía.

lunes, 22 de octubre de 2012

Cuarenta años

A mis padres.

- "Buenos días cariño. Siento no haber venido ayer. 

Llovía tanto y el día era tan gris que al final me pudo la pereza. Tienes razón, me he hecho mayor, es verdad, me pesan los años pero debes reconocer que ya son unos cuantos. En días como ayer no puedo evitar que la tristeza se instale y gane a mis deseos.

Sin embargo, hoy que el día es completamente diferente, mi paseo me ha traído hasta aquí sin pensarlo. Y aquí me tienes, sentado en estas escaleras de madera, en las dunas, charlando contigo como hacemos a menudo.

¿Has visto que hermoso está el mar hoy? tiempo de palomas, en días como hoy siempre lo comentabas, otoñal. Viento del sur, verdes y azules sutiles y matizados en este Cantábrico que nos ha acompañado durante la mitad de nuestra vida, que ha visto crecer a nuestra familia. Ese mar que te recogió en una de sus olas, abrazándote para que te fundieras con la naturaleza aquella tarde que nos despedimos de tí justo en este punto. El mismo que baña los cuerpecitos de nuestros nietos mientras escucha sus risas inocentes y cristalinas. Quizás esa ola que saltan seas tú... y ellos... ellos son la memoria viva de nuestro amor.

Sé que sigues conmigo pero siento que ayer te fallé al no venir a las dunas para pasar un rato contigo. Lo estuve pensando todo el día, cada vez que sentía la lluvia golpear el cristal, cada vez que se me escapaba la mirada a través de la ventana hacia ese cielo plomizo de principio a fin.

Me acordé, lo prometo, me acordé de la fecha, no creas que no. ¡Cómo iba a olvidarlo! Cuarenta años de casados es algo para recordar. Un veinte de octubre, sábado.... igual que ayer.... solo que aquel día salieron dos soles... tú por la puerta de la casa de tus padres hacia la iglesia y el astro sol que lució para alegrarnos el día. Y tus ojos, tus ojos verdes, tan brillantes ese día... esos ojos que me han acompañado hasta hoy.

Ojalá estuvieras aquí. Lo hubiéramos celebrado todos juntos, aprovechando el fin de semana. Nosotros, "las niñas", nuestros nietos....estoy pensando que quizás podría proponerlo, en tu honor, como homenaje, toda una vida juntos bien lo merece. Sobre todo porque hoy te siento en este aire cálido de otoño, acariciándome el rostro y de algún modo así vuelves a mi lado".

viernes, 14 de septiembre de 2012

Aquel verano



Era un domingo de verano en el que tenía poco que hacer. A media mañana sonó el teléfono. Al descolgar oí al otro lado la voz de Mónica. Tras saludarme me dijo:

- "No creo que tuvieras la televisión encendida ayer a medianoche.... yo sí. No podía dormir. Me puse a ver un programa de viajes en el que se describía la vida en la Polineisa francesa. Tahití, Bora bora,.... un paraíso. Y mientras penasba en empezar a ahorrar para poder permitirme unas vacacioens allí dentro de unos diez o quince años, me acordé de él."

Su voz era suave, me imaginaba su cara, recordando. La dejé proseguir:

- "Alain. Era francés. Militar. Marino.

Hizo una pausa a la par que suspiraba.

- "Estaba de vacaciones en mi pueblo, con unos amigos, descansando tras unas maniobras, allí precisamente, en la Polinesia francesa.

Rubio, ojos azules, alto. No tengo nada más que una foto suya, tumbado de espaldas en la playa. Aquel verano decidí que no quería recuerdos que con los años perdieran sentido, náufragos de una vida totalmente distinta, dispersos en una memoria llena de otra gente, de otras historias, de otras circunstancias.

Fue un amor de verano. Duró algo más: apenas una pincelada otoñal, una carta y un intento de volver a vernos que dudo que realmente trascendiera fuera de esas lineas de papel. Sin embargo aún lo recuerdo de manera especial, fue de los pocos amores pasados que no me trae malos recuerdos. 

Ambos teníamos alrededor de los veinte años. Nos conocimos una noche, ya de madrugada. Él con sus amigos, yo con una amiga, la música tremendamente alta en un bar.... parece que fue ayer. Jugamos a mirarnos hasta que se acercó. Mi amiga acabó enfadada. No recuerdo bien cómo comenzamos a hablar, creo que me preguntó por algún otro lugar al que ir para acabar la noche. Acabamos sentados en el malecón, junto al mar. 

Pasamos todo el tiempo que duró su estancia juntos. Era silencioso, de pocas palabras, se ve que me atraen ese tipo de hombres. Tenía un aire taciturno. Con tiempo y distancia, sin esa alegría ni esa pasión propia de los veinte, me doy cuenta de que apenas nos conocimos pero a cambio pienso que disfrutamos de aquellos días juntos. Días de playa, noches de fiesta. Fue romántico y si nos ajustamos a aquellos precisos momentos, acotados por la realidad, sincero. Supongo que se trataba de disfrutar de cada segundo, sin saber nada más, sin preguntarse nada más, sin pensar en más allá.

Yo me enamoré. Llegó el otoño y la vuelta a la Universidad y seguía pensando en él pero la realidad se impuso, claro está. Yo lo sabía pero imaginar me parecía tan bonito. Era prolongar un verano estupendo, mantenerlo perenne.

Y hoy estoy aquí, al teléfono, recordándolo contigo unos veinte años después.... buceando en una historia pasada en la que hace siglos no pensaba. ¿Te enamoraste durante algunas vacaciones? seguro que sí. Conociéndote...Nadie te gana en romanticismos."

Sonreí. ¡Verdad, verdad! pensé.

- "Me pregunto qué habrá sido de él. Me pregunto qué vida hubiera llevado a su lado. Solitaria imagino, en la Bretaña francesa, a la espera de sus permisos, de su regreso. Me hubiera vuelto francesa. Yo.... "afrancesada".. ¿Me imaginas?.

¿Hubiera aguantado una vida en otro país con todas las peculiaridades que iban inherentes a su trabajo además? ¿O hubiera tirado la toalla años después?  Y entonces ¿Qué hubiera sido de mí?

Me he puesto nostálgica. La vida me ha cambiado... ¿o es la edad?... los años han ido pasando. Ya empiezan a ser demasiados y ese pasado que me tiene entre ñoña y nostálgica empieza a anclarse ya muy lejos.  Para ser sincera quizás lo que envidio es volver a tener veinte años...Aquella frescura, aquellas ganas de vivir, de sentir. Pensar que la vida está delante y no detrás  y que aún no he perdido el tren de nada.

¿Sabes algo? Hubo otros veranos, otros roces, otra gente... pero él... fue diferente. Misteriosamente diferente. Curioso.

Quizás debería pensar seriamente en ahorrar para ese viaje. Darme el gustazo de pisar la Polinesia francesa. Sí, en honor al recuerdo que guardo de aquel verano, por muy subjetivo que haya quedado en mi memoria."

Quedamos en vernos.... ella había abierto las puertas de mi propia memoria, de mis veranos, de mis propios amores pasados, de mis recuerdos. Amores de verano... historias muchas veces parecidas, en un contexto único que hace que se entrelacen personas y sentimientos. Sí, cierto, yo también había tenido a mi propio "Alain". 

Despedimos aquella mañana en una terraza de la costa, mirando al mar.... prometiendo que pisaríamos la Polinesia francesa en honor a todos los amores veraniegos del mundo pasados, presentes y futuros y brindamos por el placer del "dolce far niente" y  del ver la vida pasar que te ofrece la juventud.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Azul cielo

Ese cielo azul...

Ese cielo, que miraba justo en ese instante, le hizo pensar que los mejores ratos de soledad los había pasado tumbada en su cama. Observandolo. Su habitación tenía un enorme ventanal desde el que no se veía ningún paisaje espectacular ni la mejor vista de la ciudad. La única visión era algo de los tejados aledaños y cielo. Un inmenso e infinito cielo cambiante según el día y la estación del año.

Cada vez que buscaba refugio medio escondida al abrigo del nórdico, su mirada se dirigía inconscientemente hacia la ventaba. Y allí estaba el cielo esperándola. Un cielo azul veraniego y prometedor que la invitaba a salir y no quedarse encerrada. Un cielo blanquecino y frío perfecto para que comenzara a nevar. Un cielo gris plomizo que anunciaba lluvia. Un cielo en el que las nubes se desplazaban veloces a causa del viento.

Ese cielo cuyo magnetismo conseguía apaciguar su ánimo. Tenía algo de benéfico y reparador. La serenaba pero a la par tiraba de sus pensamientos hasta que entrelazaba una cadena de ellos, convirtiendo cada uno en una idea más profunda que la anterior. Por culpa de ese cielo se hacía preguntas sin respuesta. A causa de ese cielo se imaginaba situaciónes y alternativas y hasta vidas paralelas.

Ese cielo la hipnotizaba. Ese cielo "azul cielo".

viernes, 23 de marzo de 2012

Tu espalda


Entrelazados.

Cierro los ojos. Con un gesto lento y casi ceremonioso te acaricio la espalda. Esa espalda que me recuerda que eres mío. Suave, ancha, sinuosa. Noto como respiras. Escucho.

Las yemas de mis dedos suben, bajan. Despacio, suave. Dibujan líneas primero, círculos después en un baile nacido de la tentación. Tu nuca, tus hombros, tu columna y más allá... rozando su final donde pierde su nombre.

Te busco y te encuentro en ella. A tí, sí a tí hombre callado de grandes silencios: presiento tu alma, tu corazón, tu vida. Tu respiración sale a mi encuentro.

No puedes verme pero sonrío. Recuerdo otras tantas veces, otros roces, otros encuentros entre tu espalda y mis manos. Una espalda al sol, con arena; una espalda que busca descanso en unos mimos.


Tu espalda, que me recuerda que el tiempo puede detenerse, si uno se deja.