miércoles, 3 de abril de 2013

El vendedor de memorias

Hace muchos años, siglos atrás, vivía en el Tibet, donde dicen que las montañas tocan el cielo rozando la mano de los dioses y la luna luce más grande y bella, un hombre bastante peculiar. En realidad y para ser del todo exactos, al mirarlo, uno no encontraba nada especial en él. Era alto y delgado como un junco. Sus ojos pequeños, parecían esconderse dentro de su cara, su nariz era aguileña y no despertaba grandes simpatías. Sin embargo, desde su juventud, este hombre huraño cargaba con un don especial. Muy especial.


Al nacer, le llamaron Karma, que significa condicionamiento o causalidad. Su madre le puso ese nombre porque su llegada coincidió con la desaparición de su hermano mayor en la montaña. Sus padres leyeron las señales de la ley causa - efecto. Habían perdido un hijo y la ley del universo les otorgaba otro. Aquella mujer que tanto le amaba, nunca se atrevió a expresar nada en voz alta, por temor a llamar a la fatalidad, pero dadas las circunstancias de su nacimiento, siempre pensó que era una niño destinado a la desgracia. No sabía por qué, era una simple intuición que llegó prácticamente a olvidar con los años puesto que el niño crecía sano y fuerte y ningún mal agüero planeó sobre la familia ni se hizo realidad. Se crió en el hogar de una familia humilde de sherpas a los pies de las Grandes Montañas. Pasaba los días en los alrededores de un monasterio, jugando con otros niños, siempre cerca de sus muros, escuchando los sonidos que le ofrecía, diferentes y espirituales, magnificados por el eco del valle. La vida de la familia era sencilla y transcurría sin grandes logros ni incidentes. De él se esperaba una única cosa, que al hacerse mayor se incorporara como su padre y sus hermanos mayores al oficio de guía en los pasos de las montañas. Jamás le faltó ni el amor ni el cariño de padres y hermanos. Lo que siempre quedó claro fue que al ser el pequeño de la casa fue el más mimado.


Toda su vida giró de manera imprevista una mañana, siendo ya un joven casado con familia propia. Del monasterio bajó uno de los monjes que allí habitaba y sin mediar palabra, le ofreció una caja de madera de álamo pintada de vivos colores salvo en su tapa, que estaba finamente labrada. Junto a la caja únicamente recibió una nota que decía: - "Abandonarás tu hogar y venderás memorias".


Aquella noche, furtivo entre las sombras y movido por un resorte desconocido del que no podía escapar, Karma se escabulló entre las sombras del poblado y desapareció. Jamás volvieron a saber de él. Al poco tiempo de su desaparición en la región se comenzó a hablar de un hombre misterioso que vendía pasados y recuerdos al gusto de quien los comprara. Surgía de su caja de madera. Nadie había podido verle la cara porque la cubría con su vestimenta constantemente y la única manera de encontrártelo era hacerle llegar un mensaje con una petición para que apareciera. Se dejaba un pequeño banderín de color en la ventana de casa e invariablemente como por arte de magia al día siguiente unos toques sonaban en la puerta.


Era muy tentador llamarle. Demasiado tentador si uno quería borrar parte de su existencia y comenzar de nuevo. El comerciante podía alardear de una gran estirpe de mercaderes prestigiosos y el ladrón lavar su conciencia de delitos anteriores. Cualquier mala racha, cualquier paso en falso podía borrarse, siempre y cuando se consintiera en un cambio global y en el olvido. Lo que nadie sabía, absolutamente nadie, salvo el dueño de la caja, era que cuando alguien se quedaba un pasado, una memoria nueva, alguien en otro lugar olvidaba todos y cada uno de los recuerdos que tenía de su vida pasada, justo en ese instante. En el momento exacto que Karma abría su caja de madera para destapar el o los recuerdos que le han pedido "esa memoria" cambiaba de dueño. Ese era el precio.


Las nuevas memorias, surgían en forma de pergaminos que iba leyendo el comprador. Al acabar su lectura se debían quemar en el fuego del hogar, la misma noche de la lectura y rezar una oración. Y jamás jamás se debía hablar de lo sucedido. A la mañana siguiente todo el mundo asumía el nuevo pasado como el único válido.


Una tarde de verano, recibió un recado urgente. Le reclamaba uno de los hombres más poderosos del Tibet. Fue recibido con urgencia en un enorme salón, el más lujoso que había visto jamás. El Gran Señor expuso su petición de manera arrogante y concisa, exigente. Con un gesto y para finalizar sus criados le trajeron varios baúles llenos de monedas, sedas y otras joyas. Quizás aquella visión de lo que se llevaría hizo que Karma se pusiera nervioso, quizás fue una jugada del destino, quizás... Al intentar abrir la caja para sacar el pergamino correspondiente, se deslizó de entre sus manos, cayendo para romperse. La cara de Karma palideció y él enmudeció en un gesto entre asustado e implorante.

Sin saber cómo solucionarlo, desesperado, decidió impulsivamente escribir sus propios recuerdos en los trozos de madera que iba recogiendo del suelo. No se lo pensó ni un instante, Sé deshizo de sus recuerdos como quien lanza algo ligero al viento para que alce el vuelo y se aleje. Sin darse apenas cuenta, junto a distintos momentos de su vida, había mencionado a sus padres, como parte del ciclo de su memoria. Sin pensarlo ni tan siquiera, una simple explicación de más, insignificante entre las filas de palabras escritas a toda prisa con trazo inseguro. No le dió ninguna importancia. Ninguna.


Los trozos de madera escritos se quemaron aquella noche en el fuego del hogar de quien los había comprado. El rico Gran Señor había conseguido su deseo de un pasado nuevo, quizás no el que esperaba pero un pasado diferente al fin y al cabo que quizás desearía volver a cambiar sin éxito y a cambio, a la mañana siguiente, Karma no consiguió recordar el suyo. Su avaricia lo había pagado dejándolo sin recuerdos.

En otro lugar del Tibet, un mensajero intenta encontrarle para darle una única y nefasta noticia: Sus padres, habían dejado de pertenecer a este mundo. Iniciaron su último viaje de manera inesperada la noche anterior. De pronto, en una noche más oscura de lo normal, extrañamente oscura, mientras dormían.

Roto el hilo con sus mayores y su pasado, tras haber vendido su propia vida, Karma acabó envuelto en un halo de locura, buscando desesperadamente encontrar algún recuerdo pasado en su mente vacía. Nunca más se supo de él. Nunca más se supo del vendedor de memorias. Jamás se le volvió a ver en ningún rincón del Tibet. Se esfumó. Hay quien dice que vaga errante como un fantasma, aquí y allá, en las noches sin luna buscando sin saber qué. Desde entonces, aquel hombre misterioso se convirtió en leyenda y su historia se ha narrado siempre como una maldición.

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