domingo, 13 de abril de 2014

Hija de la Luna (36 meses y 2 días)

Hace ya varios años atrás escribí dos pequeños cuentos que llamé "Dos pequeños pedazos de mi corazón". En ellos hablaba de mi experiencia maternal con la lactancia materna. En nuestro caso con la lactancia materna prolongada con mi hijo mayor.

Hoy quiero contaros otro pequeño cuento, en el que vuelco mis sentimientos con el fin de la lactancia materna de mi hijo pequeño, experiencia prolongada también.

Cuando te ves inmersa en lactancias largas, las etapas dentro de la misma evolucionan y estrechas un vínculo muy fuerte, lo que te lleva a tener sentimientos muy encontrados cuando esa etapa llega a su fin.

Espero que os guste.

Edito para escribir una dedicatoria: Quiero dedicar este cuento a Gemma, que navega en su propio destete y a Mar que navega en sus emociones para decidir. A ambas, os quiero mucho.


Primavera temprana, cae la noche, un día de abril.


Una mujer suspira en soledad junto a un riachuelo, buscando no sabe bien si desahogo o algún consuelo. Tiene cierta actitud preocupada.


Un árbol junto a ella, el viejo Sauce que la ha visto crecer, agita ramas mientras le pregunta: - Mujer, hija de la luna ¿qué te sucede?



La corriente de agua, notando los suspiros en su superficie, murmura a su paso: - Mujer, hija de la luna ¿Qué te sucede?


El viento fresco de la noche, enredándose en su pelo, le susurra: - Mujer, hija de la luna, ¿Qué te sucede?


Al observar que su desazón continúa, vuelven a hacerle insistentemente la misma pregunta: 


- ¿Qué sucede? Mujer, Hija de la Luna.


La mujer, bajito, sin apenas voz audible contesta:


- Durante treinta y seis meses he alimentado a mi hijo pequeño con las mieles de mi pecho pero hube de interrumpirlo por salud, puesto que enfermé y era necesario. 


El Viento, decide soplar algo más fuerte, más alto y aparta nubes.


En el horizonte, llena, luminosa, blanca y enorme, aparece la Luna. Ilumina a la mujer y le habla:


- Mujer, hija mía ¿por qué penas? 


La mujer vuelve a responder:


- Durante treinta y seis meses he alimentado a mi hijo pequeño con las mieles de mi pecho pero hube de interrumpirlo porque enfermé. Y terminó.


La luna, dulce, le replica: - ¿acaso alguien te culpa?


Y la madre, encoje suavemente los hombros y suspira. - Nadie salvo yo misma. Mis pechos gritan, Mi regazo, mis manos... mi cabeza rebosa de pensamientos y mi corazón de sentimientos contradictorios.


El astro nocturno, con voz maternal y condescendiente y aún más luminosa comienza a hablar.


- Durante tiempo te vi alimentarle, dice la luna, de leche y amor eterno, pero la Vida nos da y la Vida nos quita. No siempre sucede lo que deseamos cuando queremos o nos conviene. La Vida Es, por sí misma, con sus baches, sus piedras en el camino, sus alegrías, sus sorpresas.


Llora todas tus lágrimas, hija mía. No niegues tu pérdida, ni tu duelo por la etapa que cerraste. Despídela. Sin culpas, sin remordimientos. Después convierte esta tristeza de tus lágrimas en serenidad y fuerza. Tu regazo, tus brazos, tu contacto sigue y persiste. Vuestro vínculo queda cerrado en círculo, aposentado. Confirmado.


Seca tus lágrimas, hija mía, hija de la Luna y mira crecer a tu hermoso hijo, orgullosa de tu poder, Mujer.

sábado, 15 de febrero de 2014

Post - San Valentin

15 de febrero. Viene después del 14 y antes que el 16. Un día cualquiera, un día normal salvo porque ayer se celebraba "San Valentín".

No sé si existe "el día después" y su celebración para los "anti-sanvalentineros". Si así fuera supongo que será hoy.

Se acabaron los bombardeos de publicidad masiva sobre perfumes, orquídeas en pequeñas macetas con corazones a tres euros y promociones de bombones más una rosa, por supuesto roja. Desaparecieron los mensajes al móvil de las amigas, al correo electrónico con imágenes, presentaciones y canciones románticas dedicadas a Cupido, el amor y por ende al día del amor más comercial del año. ¡Ah las mujeres y el deseo de sentirnos deseadas!

Amanecimos de nuevo, envueltos en la normalidad. Tú y yo - yo y tú, binomio olvidado; nosotros y los niños - los niños y nosotros. Tú a tu trabajo, yo con los niños. La vida sigue. Y pienso: ayer te quería, igual que te quiero hoy y tal y como te querré mañana pero no te lo dije, ni te lo he dicho aunque me imagino que algún día volveré a decírtelo como hacía cuando "eramos novios".

Volveremos a ser dos y tendremos que presentarnos de nuevo. - Hola, ¿Cómo estás? - conocernos de nuevo, encontrarnos de nuevo. Sacudirnos esa rutina vestida de pereza.

Volveré a mirarte a los ojos, aquellos ojos jóvenes y enamorados y quizás cuando te reencuentre, se hayan vuelto más viejos y cansados pero tu mirada difícilmente habrá cambiado, guardando en ella el amor que hemos sentido y no nos hemos dicho estos años.

Te diré que siempre he estado aquí, junto a tí. En los rincones, en las sombras, en los silencios. En los juegos, en los sueños, en las voces infantiles. Te diré que siempre fue San Valentín, incluso en las broncas y enfados, porque hasta en esos momentos demostraste la calidad que destilas.

Sin perfumes ni orquídeas en pequeñas macetas con corazones a tres euros ni promociones de bombones y rosas, por supuesto rojas.


sábado, 8 de febrero de 2014

martes, 5 de noviembre de 2013

Celebrando "mis 40"



Celebro mis 40 otoños.
Celebro ser quien soy.
Celebro tener lo que tengo.
Celebro la vida: la que he tenido, la que tengo y la que espero tener.

Celebro seguir soñando.

martes, 22 de octubre de 2013

Pablo


En su ciudad, centro vital de la región, ciertos colegios exhibían una especial querencia por educar a las élites provincianas que luego se situarían en diferentes puestos y lugares desde los que manejar las políticas, economías y saberes de la capital y alrededores.

En uno de ellos intentaba no llamar demasiado la atención de Don Ramiro, amigo de la letra por la sangre entra, Pablo, un niño con la cabeza rapada a maquinilla y las rodillas peladas de jugar al fútbol en el patio escolar.

Sus padres le habían diseñado todo un futuro lleno de promesas y proyectos al lado del patriarca familiar primero y en su sucesión después. Una carrera brillante a golpe de curar viejas frustraciones con la que adornar aún más el abolengo de toda la vida de la familia.

Contra todo pronóstico y tras provocar un vahído a su madre, decidió estudiar magisterio, estudios evidentemente de segunda y para demostrarlo sin la menor duda ya se decía en la calle el dicho "pasas más hambre que un maestro de escuela".

Tras el inicial espanto, intentar conseguir que se borrara y finalmente simular que así era, decidieron que "el niño" hiciera lo que quisiera, con la coletilla de "ya se cansará por el camino" con la férrea esperanza de que "a lo largo de ese camino" se daría cuenta de su error y aceptaría los consejos paternos.

Sin embargo Pablo no se cansó sino que se enamoró de aquello que estudiaba, convirtiéndolo ya no en vocación sino casi en devoción: El magisterio, la enseñanza, la educación, formar parte del proceso de maduración y de adquisición de conocimientos de generaciones venideras. El mismo Don Ramiro que le tiraba de las orejas de manera disciplinar y frecuente, sin quererlo, le había enseñado algo importante: a perseverar. Contra todo pronóstico y profecías familiares, acabó la carrera con honores que no convencieron en casa porque seguían sabiendo a segunda división.

Pablo fue alumno de una escuela caduca, repetitiva y disciplinaria, de pizarras y borrones de tinta, de pupitres compartidos con admirables compañeros de travesuras y de maestros secos y fríos. Una escuela ataviada con el barniz de modernidad, a la que no quiso volver prestando servicio. Un colegio que mantenía un halo de prestigio en el ambiente de la ciudad, ese ambiente invisible, inamovible con los años y que queda como adjetivo en lo referente a servicios de la población.

Pablo arrinconó sus experiencias y modelos escolares y los guardó con el solemne juramento apasionado y juvenil de no repetirlos. Miraba a sus alumnos de frente, a los ojos. Siempre con una sonrisa. Tenía tiempo para preguntarles y escucharles. Se ganaba siempre a pulso el respeto de la clase poniéndoles en bandeja el ansia por el saber, ofreciéndola como un juego, como un reto.

Los sacaba de las aulas, les sacudía las perezas, les mostraba con pasión contagiosa los desafíos del mundo y la magia que reside perenne en la lectura. El ánimo que acompañaba su dinámica diaria era lograr que la curiosidad y la lectura formaran parte de sus almas estudiantiles. Les ponía la vida entre las manos y les hacía pensar, ser ellos mismos.

Respetaba y pedía respeto, se ganaba a pulso la autoridad que le era debida como maestro. Trabajaba con una pasión que trasmitía de tal modo que raro era el crío que no se rendía ante sus explicaciones y palabras. Era exigente pero transmitía optimismo y seguridad.

Pablo a sus cincuenta pasados, sigue siendo así, por muchos años académicos que pasen, por muchos obstáculos con los que se encuentre, con barreras de quien no le entiende, leyes que van y vienen o recortes por la crisis.

Pablo sigue manteniendo su sonrisa para cada chaval que llega a su aula y con la misma sonrisa le despide cuando acaba su tiempo con ellos deseándole lo mejor. No está cansado, ni amargado, ni deprimido. Sigue amando la enseñanza pero hace ya un tiempo (y quien sabe si empieza a ser ya la cosa de la edad) tras marcharse el último de los chicos por la puerta, borra esa sonrisa de la cara que antes permanecía, preocupado por sus niños.

Teme que les apaguen esa ilusión cortando las alas de sus sueños. A Pablo le entristece ver que en poco o casi nada se ha cambiado tanto tiempo después.

jueves, 10 de octubre de 2013

Eva

Dedicado a Edu. 

Edu, por fin he puesto palabras a tus dibujos. Me ha parecido un gran reto, espero que te guste el resultado. 

Yo te pedí unos dibujos, que me dibujaras lo que tú quisieras y solo con ellos, solo viendo lo que me enviaras, tenía que conseguir hilvanar una historia. Aquí la tienes. 

Sé siempre tú mismo. Sigue persiguiendo tus sueños.

Gracias.


Ilustraciones: Eduardo Gallardo (Edu). 11 años





Mi nombre es Eva. Tengo 12 años y mi pasión siempre ha sido la música. Me gusta todo lo que se refiere a ella. También toco la guitarra.


Dicen que mi don se aloja aquí en mi garganta. Es mi voz. Quieren que enseñe mi don a todo el mundo y yo no lo tengo tan claro. Mi voz es mía, no sé si se la quiero enseñar a los demás. A veces pienso que prefiero guardar mi mayor tesoro para mí y para la gente que quiero.

También me gusta la moda, diseñar mi ropa. Y los videojuegos. Supongo que soy una chica normal, como cualquier otra de mi barrio, de mi ciudad.


Una vez lo intenté, cantar quiero decir, y mi voz se quedó escondida dentro de mi garganta. No quiso salir. ¿No es una señal? 

Mis labios no se despegaron desde el mismo momento que salí a cantar. Solo podía mirar a la gente y la expresión de sus caras al ver que yo no comenzaba la canción a pesar de la música.

Insisten en que puedo ser una gran artista pero no me preguntan si 
yo quiero serlo. Si realmente ser artista es mi propio sueño. Quisiera que me tuvieran en cuenta, que me vieran, de verdad, porque si me vieran de verdad, me escucharían y me dejarían tranquila. A mí y a mi don. 

Al menos hasta que tenga claro lo que quiero hacer con él.




Hace poco me pasó algo extraño. Sucedió durante mis vacaciones de verano en la playa.


Voy a soltarlo de golpe: Me habló el viento.

Sí, lo que oís, me habló el viento y no, no estoy loca de remate. Yo lo escuché, sé que lo oí y que era la brisa de aquella tarde la que me hablaba.

Me había sentado a leer una tarde cerca de unas rocas que hay en mi playa favorita, donde veraneo cada año. Era una tarde preciosa, con el cielo muy azul.

De pronto empecé a notar una ligera brisa que jugaba con mi melena. No le dí importancia hasta que tuve la sensación de que el viento tiraba suavemente de mi pelo como si quisiera captar mi atención.

La voz estaba justo junto a mi oído y era muy suave casi cantarina, no sé, me recordaba a la voz con la que yo imaginaba a las hadas cuando era niña y mi abuela me leía cuentos sobre seres mágicos.

Me regaló una idea y me gustó. Me susurró que dejara que hablara mi guitarra por mí, que dejara madurar mi voz para cuando estuvieramos preparadas ambas.


Así que le he hecho caso. Voy a dejar hablar a mi guitarra por mí. Bueno, más que por mí, hablaremos juntas porque pienso tocarla yo. 

No es una guitarra normal. En sus acordes si escucháis con atención podéis sentir la magia que la acompaña. Cerrad los ojos al oirla.

Mi guitarra tiene distintos sonidos. Sonidos que nadie antes había reproducido. Mi guitarra suena a mar, a estrellas, a luna y a cielo. Mi guitarra evoca sueños y recuerdos. Habla de colores, de sentimientos y de sensaciones. A su manera, como yo, porque mi guitarra y yo, no sé si somos distintas, pero sí únicas, como cada niño y adolescente del mundo.

¿Sabeis por qué cada uno es único? porque no existe en el mundo nadie exactamente igual, porque cada uno es irrepetible y porque cada uno tiene un don, o dos, o tres... o los que sea.

Todo, absolutamente todo en  nosotros nos hace especiales y es bonito y necesario que lo seamos. Necesario porque si no el mundo sería un aburrimiento ¿no creéis?