lunes, 26 de diciembre de 2016

Olvidadas en Navidad - Concurso de cuentos de Navidad Zendalibros.com

Rasgó la hoja del calendario que marcaba el 23 de diciembre y se quedó mirando la ineludible fecha que tenía ante sus ojos: 24 de diciembre. Nochebuena. Le había costado arrancarla pero ahora, ya preparada para salir y con las llaves en la mano, era el momento.

Cada año celebraba estas fechas con su familia. Regresaba a su ciudad natal, a su barrio de toda la vida y se reunía con sus padres, hermanos, algún cuñado saleroso y hasta con la tía Leonor, que por más que refunfuñara amenazando con no salir de su casa, acababa emocionada al ver a su extensa familia reunida. Tras los postres no había quien la igualara cantando villancicos hasta que bajaba a la misa de gallo en la parroquia más cercana, misa que no perdonaba.

A pesar de las inclemencias típicas y tópicas del tiempo de la vetusta ciudad castellana, dentro de la casa familiar todo era calidez, jolgorio y amor de las matriarcas de la familia repartido a los cuatro vientos sin medida alguna.

Le gustaba volver: bajar del autobús en la estación, abrigarse hasta las cejas con la bufanda más larga y gorda de todo su armario, hasta casi desaparecer dentro de ella. Paseaba por la plaza de la catedral y el Espolón sorteando a la gente enfrascada en compras entre luces y adornos navideños; acompañaba a sus sobrinos a montarse en el tiovivo de la Plaza Mayor después de ver el magnífico belén de la catedral. Quedaba con las amigas para ponerse al día de lo acaecido hasta la fecha. Año tras año, cambiara lo que cambiara, lo intangible permanecía extrañamente ligado a los recuerdos que nacían ya desde su infancia.

Este año no volvería a casa por Navidad, como anunciaba un conocido turrón. Por teléfono había reñido con su madre y había disgustado a la tía Leonor, pero no se arrepentía ni por un segundo de la decisión tomada. De poco valieron los intentos de chantaje emocional de las mujeres, iba a hacer lo que tenía que hacer y para ello se quedaba en la capital.

Un mes antes su jefe reunió al personal y les contó cual iba a ser el programa específico para esas fechas con fondos de varias instituciones. Eligieron a cinco mujeres y le pasaron sus expedientes: situaciones familiares diferentes, nacionalidades distintas, entornos sociales variados y un denominador común: escapar de los malos tratos. Escondidas. Anita se ofreció voluntaria.

Sabía lo que le esperaba esa noche y sentía que fuera del entorno laboral o cercano de aquellas mujeres, la mayoría de la sociedad vivía ajena a su día a día. Eran unas olvidadas y ella necesitaba convencerlas de que contaban, de que importaban, de que eran el motor de alguien.

Quedaron en aquel piso de acogida únicamente para pasar la Nochebuena cuando apenas se conocían entre ellas. Solo querían pasar el trámite, no tenían motivo alguno de celebración lejos de sus familias, de sus países, con el miedo a ser encontradas como único compañero. La mayoría con hijos a su cargo, niños pequeños que dependían de ellas mientras que ellas dependían de un futuro incierto.

Fue la primera en llegar. Se encontraba encendiendo varios calefactores eléctricos que caldearon la habitación cuando sonó el timbre.

Adela había escapado una mañana. No había mirado atrás. La duda, la culpa, los miedos habían sido un lastre tan pesado que no habían hecho más que alargar su sufrimiento. Se aferraba esa noche más que nunca a sus creencias religiosas, rezando.

Las huellas de Andrea no eran físicas pero aún le costaba no caer en el error de pensar que no valía nada. Estaba centrada en volver a armar ese puzzle roto en el que se ahogaba. Lo primero que susurró fue que hubiera preferido dormir hasta que esas fechas que todo el mundo celebraba hubieran pasado. Y el resto asintió.

Mariana y Ángela parecían autómatas. Sentadas comiendo frugalmente y pendientes del reloj para marcharse y preguntando si se podían llevar lo que sobrara.

En el rostro de María se apreciaban las huellas de la última paliza que había recibido. Hasta su propia familia miró para otro lado cuando les pidió ayuda. Lo que pasara dentro de su hogar, de su matrimonio, quedaba puertas adentro.

Apenas consiguió mantener una conversación en una cena fría Sus silencios eran largos, duros. Su mirada vacía. ¡Qué más daba una Nochebuena más! La Navidad era como cualquier otro día.

Intentó saber de sus vidas, iluminar la velada con la esperanza de un futuro nuevo que ninguna se creía. Les preguntó por costumbres, por sus hijos, por aquellos villancicos de ecos lejanos y ellas que habían rehuido su mirada y sus preguntas durante media noche comenzaron a hablar. Hablar como si jamás nadie las hubiera escuchado. Como si fuera una primera vez. Escupieron su pasado, recordaron sus raíces, compartieron dolor y penas y lloraron. La noche en la que se supone que celebras ellas lloraron juntas su desgracia. Después, una a una, dejaron el piso y cada una volvió a su “no vida” desapareciendo en la vorágine de una sociedad hedonista que pensaba en la siguiente celebración.

Anita había sido la primera en llegar y la última en salir. Cerró la puerta despacio. Bajó y ya de madrugada paró un taxi para regresar a su apartamento. Una vez allí, miró su propia sala de estar. Allí le esperaba una maleta, un billete de autobús comprado con antelación, unos días de vacaciones y la comida de Navidad con sus padres, hermanos, algún cuñado saleroso y hasta la tía Leonor, que por más que refunfuñara amenazando con no salir de su casa, acababa emocionada al ver a su extensa familia reunida.

Después de aquella Nochebuena apreció el tiempo y el amor que siempre se le había brindado  y después de aquella Navidad intentó devolver la esperanza cada día del año a aquellos que la habían perdido.

#cuentosdeNavidad

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Érase una vez una cama elástica: Boolino - "la hora del cuento"

Para Inti, Luna, Mara y Odín.


Desde la web Boolino en su sección "la hora del cuento":

Érase una vez una cama elástica

jueves, 2 de abril de 2015

La Silla Mágica

A Silvia y Arancha. A Arancha y Silvia. Por ser tan valientes y navegar con nosotros en estos mares. Por esas conversaciones, por esa complicidad que se ha ido tejiendo, porque hay lugares que ya nacen con alma.



ÉRASE un dos de abril, mes de primavera y de libros, en el que nada más salir el sol comenzó a correr un rumor por el barrio. Este barrio es mucho barrio y un rumor siempre es una buena historia llena de novedad y con tintes de posibilidades, sin duda alguna.

Todos hablaban de una silla mágica que nadie había visto todavía y que sin embargo todos podían afirmar que conocían a alguien que aseguraba habérsela encontrado. Los rumores susurraban en los rincones un punto concreto del barrio, un parque.

Cada vecino tenía muy claro cómo era esa silla. Pero muy muy claro:

Unos que grande,

otros que pequeña,

unos que roja,

otros que negra,

unos que de madera,

incluso alguien juró que era una mecedora.

Nadie se ponía de acuerdo en nada salvo en algo... La silla invitaba a sentarse y leer. 

La gente curiosa, cotilla, impaciente, expectante decidió de manera alborotada agolparse en un punto en concreto del que ya se había convertido en famoso parque y de pronto alguien gritó:

- ¡Mirad, mirad!

Se abrió un pequeño y acogedor local luminoso y lleno de tonos blancos. Sillas blancas, estanterías blancas vestidas de libros coloridos y misteriosos.

Una silla en el centro, flanqueada a derecha e izquierda de dos lugartenientes de mirada entusiasmada y una gran sonrisa como tarjeta de presentación.

Efectivamente la silla era mágica.

El primero que se sentó fue un niño vivaracho y despierto y describió una silla pequeña, acogedora como el regazo de mamá y habló de la historia de "diez patitos de goma" que se perdieron en el mar.

El siguiente que se sentó, recordaba una silla alta desde el que vigilar el horizonte embarcado en una historia de piratas mientras en una isla un "principito estrambótico" exploraba una isla.



Una niña dijo que la silla era una butaca de teatro en la que se emocionó con la historia de una bailarina tenaz y hermosa al lado de una misteriosa compañera de función con un parche.

Nadie encontraba una explicación pero a todo el mundo le pareció que daba "un punto" curioso a la zona.

El dos de abril dio paso al tres y el tres al cuatro...

y las sillas y las historias y los lectores de sueños se multiplicaron, como se multiplicaron las sonrisas de las lugartenientes. La silla se mimetizó en el parque, siempre mágica, siempre diferente y quedó como parte especial del barrio.

Había quien la utilizaba para disfrutar de una aventura, 

había quien buscaba emociones y explicaciones, 

había quien aplaudía cuentacuentos 

y había quien descubría sus sueños y pasiones.

Y la silla, como uno de los árboles del entorno en el que había aparecido, echó raíces, llenándose de voces infantiles.

Lo que nadie supo entonces, ese dos de abril del que hablo, nadie salvo un niño curioso y tímido que se sentó también en ella cuando nadie miraba es que la silla es tan mágica...

tan mágica, 

tan mágica, 

tan mágica

que es una puerta a un universo entero del que desde fuera solo se intuye, como toda buena invitación, el principio.

Adentraros en él. Si la magia de una silla da juego, intentad abarcar por un instante la magia y las posibilidades de un universo entero.






¡Feliz primer cumpleaños!


martes, 17 de junio de 2014

Cuatro Gatos

Para el taller Cuatro Gatos, para su equipo al completo, por haber hecho feliz a mi hijo mayor.







Erase una vez una gata negra que no conocía su nombre.


Erase una vez una artista enamorada y enredada en el Arte.


Erase una vez una vieja carbonera olvidada en un barrio antiguo, tan antiguo que dicen las crónicas de la ciudad que nació antes incluso que la propia ciudad y de una iglesia tan antigua como el propio barrio. Una carbonera con una atmósfera especial y unas vigas de maderas que delataban mucho pasado a sus espaldas.


Erase una vez tres historias que no sabían que se iban a entrelazar convirtiéndose en una sola.


La artista enamorada del arte llegó un buen día a esta fría ciudad, con una maleta llena de utensilios de pintura, la cabeza llena de ideas y bocetos y una pregunta: "Esta ciudad me ha llamado de algún modo, llegué aquí buscando algo y aún no sé qué es. ¿Qué me llama con tanta intensidad trayéndome hasta aquí?". Volvía a sus raíces.


Caminaba pensativa en las estrechas callejuelas junto a la Iglesia que los lugareños llamaban de San Pedro cuando atisbó cual una sombra fugaz un pequeño gato negro que se colaba por una ventana en la que había un cartel: "Te busco. Entra".


Curioso cartel pensó la artista. Tocó la puerta y dentro le informaron que aquella carbonera buscaba dueño. La artista abarcó el lugar de una sola mirada, vio un jardín coqueto lleno de posibilidades y la gatita tranquilamente tumbada en el cesped. Por la ventana, pasaba un niño con una caja llena de tizas de colores.


Entonces supo qué era lo que le había estado llamando en sueños durante los últimos meses. La pequeña y vieja carbonera, la gatita negra y una nueva ilusión.


Se quedó la carbonera y la gata negra. A la gata la llamó Pelusa y a la carbonera Cuatro Gatos en honor a un local barcelonés lleno de Historia, Arte y Letras (pero en mayúsculas además) y llenó el lugar de niños, de colores, de caballetes, de pinceles, de ideas y sueños, núcleo y base de pequeños artistas plenos de una creatividad que solo con una pequeña sugerencia estaban deseando sacar.

lunes, 19 de mayo de 2014

El guardián de sueños y saberes

Dedicado al Museo del libro de Burgos.


Érase una vez...

Una ciudad castellana en la que cohabitan varios museos. Suele ser lo habitual, podéis contestarme, pero en este caso, en esta vetusta y fría ciudad hay uno que al menos a mis ojos es especial. Más pequeño que los demás, más recogido que los demás. Guarda entre sus paredes tablillas, grabados y papel. Repleto de Historia con H mayúscula, de historias y de letras que son las que forman palabras y las que guardan esa "Historia con H mayúscula".

Como en todos los museos en los que os adentréis, una vez que pasas dentro, cambia la atmósfera que te envuelve con un toque de intemporalidad. El tiempo se detiene porque en su interior contiene todos los tiempos. Desde el pasado más lejano hasta el presente. Es un lugar recogido, acogedor, diferente, profundo y sabio.

Noto que empezáis a preguntaros de qué museo se trata. Hablo del Museo del libro: Desde el principio hasta nuestros días. Desde tablillas de barro a verdaderas joyas del conocimiento en papel. Guardián de mapas, de criaturas mitológicas, de flora y fauna, de cielo y estrellas, un verdadero microuniverso en sí mismo.

Durante el día, los visitantes suben y bajan sus plantas, entreteniéndose en aquellas piezas que más llaman su interés. Murmuran sus impresiones y dejan alguna frase escrita en el libro de visitas. Talleres y conferencias animan aún más su interior durante las tardes y hacen pensar en un museo siempre en movimiento.

Pero..., en todas las buenas historias suele haber un pero que hace intuir un giro y este es nuestro pero en concreto:

Como decía... pero ¿y cuando cae la noche? Nadie ha sido testigo pero se cuenta que después de oscurecer, cuando el lugar cierra sus puertas al público, la paz queda interrumpida por los objetos que la moran.

Las palabras salen de los libros y las imágenes cobran vida. Escapan del edificio y vuelan entre tejados y chimeneas. Cada una con un rumbo diferente a lo largo y ancho de la ciudad. Todas tienen un destino, entran en los sueños de los moradores de la urbe con una única misión,convertirse en en cartas, sueños, ideas, trabajos de colegio.

Quien duerme no es consciente del cambio de rumbo de sus sueños pero al día siguiente se despierta con una vitalidad que le lleva a emprender, a acometer su actividad diaria con una renovada energía, con mayor imaginación, con otra perspectiva. 

De todos es bien sabido lo reparador que resulta el sueño nocturno pero nadie sabe exactamente por qué. Yo sí y ahora vosotros también.

lunes, 28 de abril de 2014

Libro Dormir sin Llorar - El libro de la web

Hace casi siete años, al nacer mi hijo y navegando por Internet en busca de respuestas, me encontré la siguiente estrofa del poema "CUANDO DUERME UNA MADRE JUNTO AL NIÑO", de Miguel de Unamuno:



"Cuando duerme una madre junto al niño

duerme el niño dos veces;

cuando duermo soñando en tu cariño

mi eterno ensueño meces."




Esa estrofa se convirtió en mi estrofa de cabecera, en nuestra estrofa, en nuestra canción, en nuestro lema y nuestro principio.

Había nacido mi primer hijo y algo se quebró en mí, naciendo de nuevo, como madre. Utilizo la palabra "nací" porque desde que llegó el bebé no fui "quien yo esperaba ser", la madre que yo imaginaba, sino que ya "una madre habitaba en mí", que fue la que surgió.

De la mano de Unamuno, de su estrofa y de la web Dormir sin Llorar, comencé un camino con una forma de ver el sueño infantil. Me sumergí en su Comunidad primero como lectora, escondida sin registro y tras seis meses como participante e integrante registrada.

Así comenzó la siguiente historia: Con una madre llena de dudas y de preguntas y de miedos y un bebé recién nacido que no dormía, que mamaba y mamaba y que lloraba y lloraba. Con estas piezas de puzzle comenzamos a armar nuestra existencia diaria, nuestras noches y nuestras siestas, arropada por miles de historias parecidas a la nuestra, abrazada por las madres más activas del foro. Amparada, sostenida.

Pasó el tiempo, agradecida me quedé en la comunidad, dispuesta a devolver lo que se me había dado, a poner mi hombro para que otras madres se apoyaran. Me quedé porque el foro era mi círculo de mujeres, mi tribu, esa tribu de la que tanto se habla en maternidad. Quedarse supuso dar un paso más y no solo eso, supuso un regalo que es el que os presento hoy:

El regalo tuvo forma de proyecto, forma de libro. ¿Qué más podía pedir yo? 

Han sido varios años de proyecto (muy intensos) y un hijo más.

Muchos días, muchas noches, mejores, peores, muchos bostezos y muchos ruegos o plegarias a Morfeo. Luchas interiores, dudas, suspiros.

Muchos "todo pasa y todo llega"... muchos momentitos y momentazos, confidencias con mi tribu. 

Y el proyecto del libro de trasfondo, tomando forma: los planes, los sueños, los borradores, las puestas en común, la incertidumbre, el miedo, la necesidad de perfección, "de estar a la altura de las circunstancias", la obsesión por ofrecer un buen apoyo a los padres, concienzudo.


Las compañeras de viaje, las "camaradas": Rafi, Roberta, Begoña, Merche, Cristina, Rosalina.

Todo un viaje, toda una experiencia. Un sueño hecho realidad.

El resultado, con todo el esfuerzo e implicación del equipo que da vida a este proyecto, es este libro que veis ¡y yo formo parte de él!.


Me quedo con todo lo vivido, con todo lo aprendido. Con la ilusión con la que acometí el proyecto. Con la satisfacción de haber disfrutado buscando, leyendo, escribiendo, creando (como el cuento de la teta cansada). Me quedo con la ilusión de saber que no he sido la única en dormir a mis hijos sin llorar, que no lo soy y que no lo seré y que de verdad, de verdad, estamos programadas para actuar así: Solo tenemos que escuchar y sentir, dejarnos llevar en los brazos de Morfeo, juntos.



Dulces sueños.




Puedes comprarlo aquí o en tu librería favorita.


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