martes, 22 de octubre de 2013

Pablo


En su ciudad, centro vital de la región, ciertos colegios exhibían una especial querencia por educar a las élites provincianas que luego se situarían en diferentes puestos y lugares desde los que manejar las políticas, economías y saberes de la capital y alrededores.

En uno de ellos intentaba no llamar demasiado la atención de Don Ramiro, amigo de la letra por la sangre entra, Pablo, un niño con la cabeza rapada a maquinilla y las rodillas peladas de jugar al fútbol en el patio escolar.

Sus padres le habían diseñado todo un futuro lleno de promesas y proyectos al lado del patriarca familiar primero y en su sucesión después. Una carrera brillante a golpe de curar viejas frustraciones con la que adornar aún más el abolengo de toda la vida de la familia.

Contra todo pronóstico y tras provocar un vahído a su madre, decidió estudiar magisterio, estudios evidentemente de segunda y para demostrarlo sin la menor duda ya se decía en la calle el dicho "pasas más hambre que un maestro de escuela".

Tras el inicial espanto, intentar conseguir que se borrara y finalmente simular que así era, decidieron que "el niño" hiciera lo que quisiera, con la coletilla de "ya se cansará por el camino" con la férrea esperanza de que "a lo largo de ese camino" se daría cuenta de su error y aceptaría los consejos paternos.

Sin embargo Pablo no se cansó sino que se enamoró de aquello que estudiaba, convirtiéndolo ya no en vocación sino casi en devoción: El magisterio, la enseñanza, la educación, formar parte del proceso de maduración y de adquisición de conocimientos de generaciones venideras. El mismo Don Ramiro que le tiraba de las orejas de manera disciplinar y frecuente, sin quererlo, le había enseñado algo importante: a perseverar. Contra todo pronóstico y profecías familiares, acabó la carrera con honores que no convencieron en casa porque seguían sabiendo a segunda división.

Pablo fue alumno de una escuela caduca, repetitiva y disciplinaria, de pizarras y borrones de tinta, de pupitres compartidos con admirables compañeros de travesuras y de maestros secos y fríos. Una escuela ataviada con el barniz de modernidad, a la que no quiso volver prestando servicio. Un colegio que mantenía un halo de prestigio en el ambiente de la ciudad, ese ambiente invisible, inamovible con los años y que queda como adjetivo en lo referente a servicios de la población.

Pablo arrinconó sus experiencias y modelos escolares y los guardó con el solemne juramento apasionado y juvenil de no repetirlos. Miraba a sus alumnos de frente, a los ojos. Siempre con una sonrisa. Tenía tiempo para preguntarles y escucharles. Se ganaba siempre a pulso el respeto de la clase poniéndoles en bandeja el ansia por el saber, ofreciéndola como un juego, como un reto.

Los sacaba de las aulas, les sacudía las perezas, les mostraba con pasión contagiosa los desafíos del mundo y la magia que reside perenne en la lectura. El ánimo que acompañaba su dinámica diaria era lograr que la curiosidad y la lectura formaran parte de sus almas estudiantiles. Les ponía la vida entre las manos y les hacía pensar, ser ellos mismos.

Respetaba y pedía respeto, se ganaba a pulso la autoridad que le era debida como maestro. Trabajaba con una pasión que trasmitía de tal modo que raro era el crío que no se rendía ante sus explicaciones y palabras. Era exigente pero transmitía optimismo y seguridad.

Pablo a sus cincuenta pasados, sigue siendo así, por muchos años académicos que pasen, por muchos obstáculos con los que se encuentre, con barreras de quien no le entiende, leyes que van y vienen o recortes por la crisis.

Pablo sigue manteniendo su sonrisa para cada chaval que llega a su aula y con la misma sonrisa le despide cuando acaba su tiempo con ellos deseándole lo mejor. No está cansado, ni amargado, ni deprimido. Sigue amando la enseñanza pero hace ya un tiempo (y quien sabe si empieza a ser ya la cosa de la edad) tras marcharse el último de los chicos por la puerta, borra esa sonrisa de la cara que antes permanecía, preocupado por sus niños.

Teme que les apaguen esa ilusión cortando las alas de sus sueños. A Pablo le entristece ver que en poco o casi nada se ha cambiado tanto tiempo después.

5 comentarios:

  1. Mon, me ha encantado.

    Adoro la enseñanza y me has trasmitido mucho con este relato... Lo he compartido en la página del blog y con todos mis amigos de Facebook.

    Un abrazo

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    1. Gracias por leer el relato, Henar. Ya sabes lo que te digo siempre... Tenéis en vuestras manos a las generaciones futuras y pueden cambiar el mundo. No permitáis que se mueran sus sueños ni sus ganas de aprender.

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  2. me encantó!!! se lo compartiré a mi hija que estudia en La Normal Superior , para ser maestra de Secundaria!!! le servirá!!! Gracias Henar , por compartirlo, seguirá circulando en México!

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  3. Qué bonito. Me ha gustado mucho tu relato.
    Me da la sensación de que parte de la sociedad quiere y desea cambiar de fondo la educación, pero al leer esto revivo también recuerdos míos. Esa distinción entre carreras de primera, de segunda... y de tercera.. Qué daño ha hecho y seguramente sigue haciendo.
    Barbaridades que siguen presente en esta sociedad española, estoy segura...
    ¿Hará falta mucho tiempo para sanear esto?

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    1. ojalá lo sanearan cuanto antes. Lo que más me apena de todo es que ganas hay y muchas... ganas que se dan contra un muro en muchos casos: cambiar de actitud, lleva tiempo, a veces demasiado.

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